Síndrome del impostor

Los impostores genuinos cuentan con el beneplácito de ser reconocidos por quienes quieren dejarse engañar

La cosa va de impostores, pero unos son figurados, estos por el trastorno, y otros reales, estos por el engaño y la trapacería. Los impostores de libro son muy diestros en el fingimiento, con el que persisten en objetivos o propósitos que tienen por firmes e irrenunciables, engañan con apariencia de verdad, mienten, aparentan, suplantan. Merecen, entonces, poca compasión y mucho reproche, deben ser desvelados y puestos en evidencia.

En sentido contrario, o bastante distinto, hay personas que no creen merecer el éxito o el reconocimiento alcanzados, aunque tengan méritos suficientes para ello, y se sienten protagonistas de un fraude. En tal caso, por aproximarse tal situación a un trastorno enfermizo, se considera la existencia de un "síndrome del impostor". Quienes lo sufren, y por eso sí es de recibo aquí la compasión, piensan que sus éxitos son bastante más debidos a la suerte que a sus capacidades; o a que han contado con la indispensable ayuda de quienes son realmente triunfadores. De ahí que las personas atrapadas por el desajuste de la emociones no se reconozcan en la posición social, académica o profesional que ocupan. Y aunque tal trastorno no tenga todavía una consideración médica o clínica, ciertos son los síntomas del mismo y el malestar que acarrea. Un efecto no menor es el de temer que los demás conozcan la mediocridad, más que el éxito propio, y así acaben los respetos y consideraciones. Aunque no son mediocres, ni impostan excelencia, sino que tienen esta última afectada por la pérdida de autoestima, y quitan valor a sus indudables y no fingidos méritos. Caen los atrapados por este síndrome en la inseguridad, interiorizan expectativas de fracaso ante retos similares a los que ya han alcanzado, pierden la motivación porque decae grandemente la confianza en sí mismos; hacen de las suyas la ansiedad, la tristeza y el disgusto -nadie se conoce ni se enfada mejor que cada cual consigo mismo-.

Luego el éxito del impostor genuino puede obtener bastantes más recompensas que los logros de las competencias o capacidades reales, desde la perspectiva de quienes suplantan y engañan o desde esa otra de los atrapados por el malestar emocional. Además, los impostores del fingimiento, de la incoherencia en sus más diversas manifestaciones, cuentan con el beneplácito -en este caso por una enfermedad social- de ser reconocidos por quienes quieren dejarse engañar.

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