El manuscrito

Soberbia

Hay demasiado triunfador frustrado y demasiado gurú del éxito en siete lecciones

No es lo mismo una soberbia casa que una respuesta soberbia. El castellano "soberbia", del latín "superbia", dice el Diccionario que es altivez y apetito desordenado de ser preferido a los demás, así como satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás. La expresión suena incluso antañona, pero no la conducta de quien se considera tan excelente que desprecia al resto o del que necesita ser admirado tan desesperadamente que se dedica a intentar sobresalir hundiendo a quien tenga cerca. En los textos latinos, suele aparecer emparejada tal conducta con la crueldad y la falta de humanidad, entre otras virtudes del carácter: contra estos comportamientos nos advierte Cicerón en su De officiis cuando aconseja huir en la prosperidad sobre todo de la soberbia, la impertinencia y la arrogancia. Sin embargo, una y otra lenguas consideran también que existe una soberbia emparentada con la excelencia o con sobresalir por mérito propio.

Viene todo esto a la impresión que tengo de que hay demasiada soberbia, pero de la mala; no de la soberbia capacidad de destacar que Tácito le atribuye al emperador Vespasiano, sino de las ansias de ser importante, famoso, reconocido, admirado y seguido que podemos ver en tantas estrellas fugaces de los medios de comunicación, de los reality-shows y de esa enorme plataforma de autobombo en la que algunos quieren convertir algo tan sagrado como el Congreso de los Diputados. ¿Qué nombre darle a la conducta de un descerebrado que, por otrora haber sido ídolo juvenil, se cree legitimado para enmendarle la plana a la Ciencia y convocar manifestaciones llenas, no de baladas como antes, sino de balidos? ¿Qué decir de quienes, como si la buena planta fuera mérito bastante, sueñan tener una estatua de bronce a las puertas del Senado sin haber llegado a gobernar o sin haber terminado de hacerlo? ¿Cómo llamar a quienes disponen a su antojo de las jornadas, equipos y haciendas del profesorado sin darnos ni las gracias por el trabajo?

La soberbia es la corona del mediocre, esputo desdeñoso y altivo, carencia de educación, amor y empatía que acaba dañando más a quien lo porta que al que lo sufre. Hay demasiado triunfador frustrado y demasiado gurú del éxito en siete lecciones, demasiado chuleta con más ínfulas que sustancia. Si podemos, démosles la espalda: se desinflan solos cuando nadie los vitorea.

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