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¿Tractores traicionados?

Temerosos de perder sus privilegios en el campo económico y en el de ciertos derechos consuetudinarios usaron su poder para evitarlo

Es posible que yo esté equivocado. Es más, en esta ocasión no me importaría estar equivocado en mis sospechas. Veamos. Me debato entre la necesidad de una acción, la utilidad o inutilidad de esa misma acción y, lo que es peor, la manipulación de la acción. Me he manifestado en muchas ocasiones sobre la penuria del campo y sobre las deficiencias de la comercialización de sus productos. Así que se hace necesario no quedarse de brazos cruzados y denunciarlo por todos los medios posibles. En mi fuero interno, y también en el externo, he apoyado y aplaudido las manifestaciones, cortes de carreteras incluidos, que han conseguido poner el problema en la agenda política y han gestado algunas soluciones cuya virtualidad está por ver. Y aquí viene la primera de mis dudas. ¿El nuevo decreto del gobierno resuelve la situación de modo satisfactorio? ¿O sirve siquiera para salir del paso? Porque, ¿cómo se pueden determinar los costes de producción? ¿Qué elementos del proceso productivo tendrán peso a la hora de determinar esos costes? Y viene ahora la tercera parte. Hay una contradicción manifiesta entre abandonar el pleno de las Cortes en el momento de tratar el tema de los problemas del campo, y el conato, y algo más que conato, de encabezar las manifestaciones poniéndose con las pancartas en la mano delante de los tractores. Al actuar así es como si no les importara el problema real (porque no participan en la búsqueda de las soluciones) y solo estuvieran interesados en el conflicto por el conflicto. Y en ese momento, de forma casi automática, me viene a la mente el panorama descrito por Paul Preston sobre la actuación de los terratenientes en la primera mitad del siglo XX. Temerosos de perder sus privilegios en el campo económico y en el de ciertos derechos consuetudinarios usaron su poder para evitarlo. Para ello, por ejemplo, dejaban sus campos sin sembrar, con lo que empezaban a escasear los alimentos y faltaba trabajo para los jornaleros. El descontento estaba servido, el conflicto podría estallar en cualquier momento y justificada la intervención de la fuerza pública. No es difícil saber cuáles fueron los resultados. Y se me ocurre pensar (repito, quizá sea muy mal pensado) si no hay una estrategia similar con el precio del aceite, por ejemplo. Solo estará barato si, por ciertos intereses, hay quien venda baratas toneladas de aceite. Porque el precio no lo fija solo quien compra; también interviene quien vende.

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