A la luz del día

Vacunas y efectos

A veces, ante el balance relativo del mar menor, se prefiere el estado del "que me quede como estoy"

Verdad es que en el prospecto de los medicamentos aparece un completo elenco de efectos secundarios, por el alcance de su gravedad y generalmente con detalle de su frecuencia. De modo que, incluso con prescripción facultativa, hay que hacer de tripas corazón para tragarse la pastilla. Si la enfermedad es crónica, todavía desconciertan más esos malsanos efectos y alguna que otra revisión es necesaria para comprobar si están haciendo de las suyas y, entonces, hay que resolver el balance entre beneficios y riesgos, con el ajustado saldo del mal menor. Las vacunas del coronavirus, por su aplicación a tan altísimo número de personas, llevan a distintas interpretaciones de sus efectos. Una es la de entenderlos ajustados a la frecuencia, ciertamente exigua, pero real, de su administración. Y otra la de considerar que tales efectos se deben a distintas circunstancias de la salud personal o a otros medicamentos, por lo que hubieran pasado más desapercibidos o generado menos alarma si no se asociaran, por su similitud, con los que pueden provocar las vacunas.

Además, si las autoridades o agencias sanitarias que han de pronunciarse con argumentos de carácter científico tienen en cuentan otros condicionantes, o si poco tiempo después de manifestar su parecer lo ponen en cuestión con un reconocimiento de dudas que todavía no han podido despejarse, muchos mortales -señalada sea la condición pero no la consumación- que esperan la llamada para engrosar la cola de la vacuna no acudirán con la mejor disposición. Así ocurre cuando, antes que el balance relativo del mal menor, se prefiere ese estado del "que me quede como estoy". Sobre todo, si no hay posibilidad de elegir la vacuna y esta se aplica en función de las disponibilidades y de las prioridades establecidas. Tampoco hay que descartar, por otra parte, intenciones de restar crédito a corporaciones farmacéuticas que no están siendo ejemplares, o siquiera cuidadosas, con los compromisos adoptados, sino que atienden al mejor postor en la distribución de las vacunas. Si bien, tal asunto no es asimilable al enredado y tuitero despropósito de los negacionistas "famosetes".

Luego toda esta confluencia de factores explica el estado de la cuestión, por más que se mantengan altas expectativas, para no mucho más allá del próximo verano, cuando complazca formar parte de un rebaño inmunizado y sin efectos secundarios.

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