Vindicación de la moldura

Los paramentos continuos y vacíos no cumplen su función estética cuando están sucios o agrietados

Vaya por delante que, como arquitecto, tuve una sólida formación clásica. Ello me permitió conocer y disfrutar el discurso del clasicismo, ese que viene de Grecia, Roma lo recoge y expande, y -con excepción del esplendoroso capítulo gótico medieval- atraviesa los siglos en Occidente y define nuestra esencia edilicia. Así fue hasta que Adolf Loos le declaró la guerra al ornamento -calificándolo de delito- y parió una arquitectura desnuda y pretendidamente minimalista. Los grandes gurús de la modernidad -Mies, Le Corbusier y Gropius- se incorporaron a su estela y, en un pispás nació y se expandió -con la impostada etiqueta de vanguardia- la arquitectura espantosa que puebla nuestros ensanches y ciudades modernas, cutres, impersonales y horripilantes. La modernidad hizo tabla rasa con la disciplina de lo clásico, abandonó los órdenes y sus molduraciones, y abogó por una libertad estética absoluta, confiándolo todo al buen criterio del arquitecto diseñador. Ese fue su gran fracaso, pues si salvamos un porcentaje mínimo de edificios bellamente diseñados por arquitectos incuestionables, la nueva forma de hacer generó paisajes urbanos con un cúmulo de engendros inasumibles, que han conformado ciudades grises y antivitalistas, donde habitar es un acto depresivo y casi humillante. Desde nuestra perspectiva histórica actual constatamos ya el gran fracaso de la arquitectura racionalista de la modernidad y añoramos la belleza y el calor del clasicismo, el gran estilo de nuestra civilización. El discurso clásico otorgó a la arquitectura una forma de hacer reglamentada, lo que permitió el establecimiento de una belleza con carácter general, que abarcó a todos los lugares y épocas y lo mismo sirvió a los grandes arquitectos que a los albañiles que hacían arquitectura popular en pueblos o pequeñas aldeas. Lo estético, así, formaba parte de la vida de las personas de una forma natural y cercana. Los órdenes y sus ornamentos, con sus proporciones y reglas, fueron una eficaz herramienta para construir, tanto con materiales nobles o con los materiales más humildes. Las molduras clásicas generan unas compartimentaciones que garantizan el bello envejecer edilicio. Lo moderno necesita de un esteta muy solvente desde el principio para que lo diseñe y de un continuo mantenimiento posterior, pues los paramentos continuos y vacíos no cumplen su función estética cuando están sucios o agrietados. Los antiguos sabían muy bien lo que hacían.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios