Comunicación (im)pertinente

Francisco García Marcos

XENOFOBIA

Se situó en el atril, frente al racimo de micrófonos que esperaban sus palabras, con calma y naturalidad, como si estuviera necesariamente predestinado a ocupar ese lugar. Gamal Abdel Nasser siempre fue un orador intenso, pero de compostura apacible, magistral dominador emocional de la escena entre las que discurrían sus intervenciones. Empezó mirando al público que llenaba a rebosar el lugar. Circunspecto, Nasser puso en conocimiento de sus ciudadanos que había recibido una visita del líder de los Hermanos Musulmanes, con la exigencia de que convirtiese en obligatorio el velo islámico en la calle. Entonces hizo una pausa, seguro de lo que iba a suceder. Alguien del público gritó que se lo pusiera el religioso. Eso dio pie a la aparición del Nasser patriarca de su pueblo. Arqueó su bigote para que coronara una sonrisa distendida, casi consustancial, mientras sus manos aparecieron por delante de los micrófonos, indicando distensión y a la vez severidad. Incluso no tuvo inconveniente en compartir alguna inquietud íntima. Reconoció ante el auditorio que sentía haber vuelto a los tiempos de Al Hakim Bi Amrillah, cuando los egipcios tenían prohibido transitar de día por las calles. A partir de ese momento apareció en todo su esplendor su cara de pícaro y cómplice, para anunciar que no tenía la más mínima intención de castigar con un velo obligatorio a 10 millones de mujeres egipcias. Los aplausos arreciaron, con la sonrisa de Nasser de nuevo en toda su extensión, rellenando

Me ha venido a la mente ese pasaje, fácilmente accesible en Internet, al leer la polémica ocasionada por la entrevista que concedió Hiba Abouk a El Mundo. La actriz española, de origen árabe, se quejaba de que le preguntasen continuamente por el hiyab. Ella no vaciló en considerarlo como una forma de racismo. Probablemente lleve razón. Tampoco es algo que nos resulte ajeno. A fin de cuentas, en muchos sitios todos los españoles, sin excepción, somos responsables del sacrificio de los toros. Lo que sucede es que el asunto puede ser reversible. Atribuir racismo a toda crítica, incluso a toda referencia, al hiyab no deja de ser una vía de ejercerlo, otra forma de xenofobia que siente como una agresión cualquier mención al dogma, máxime si procede de alguien exógeno, ajeno al grupo originario. No hace falta ser un arabófobo para pensar que el hiyab, o el tarha egipcio, son atavismos, como tantos otros, repartidos por todas las culturas del mundo. Defender sus manifestaciones sin matices, no deja de ser una forma de radicalismo, aunque sea inconsciente y probablemente involuntario. El radicalismo, cualquiera, incluido también el religioso del signo que sea, termina por convertirse en la ruina de la razón. Eso es lo que opinaba también Nasser, el numen de la República Árabe Unida, sin duda, el líder árabe más determinante del siglo XX. Si no hubiera cometido el error de embarcarse en la Guerra de los Seis Días, de la que nunca estuvo por completo convencido, la realidad árabe habría sido distinta. El mundo también habría sido mejor.

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