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Más de 80 años

Cumplir ochenta años es el triunfo de la vida, no un criterio para abrir las puertas de la muerte

García Márquez acertó, genialmente, con El amor en los tiempos del cólera. Y, puesto que el realismo mágico es más dado a la literatura que a los ordinarios trucos de la vida -y a sus extraordinarias calamidades-, acaso nos valga ahora decir La vejez en los tiempos de la pandemia, porque cumplir ochenta años no es un triunfo de la vida, sino el criterio para abrir las puertas de la muerte cuando un triaje ha de decidir quién accede a una UCI. Triar -cuya acción y efecto es el triaje- consiste en escoger, separar y entresacar. Poco más o menos un Juicio Final, aunque sin majestuosidad apocalíptica, sino en las atestadas salas de urgencias donde un equipo médico ha de resolver, con el mundano criterio de las prioridades, qué enfermos cuentan con un respirador y cuáles otros, en una eutanasia torcida -se dice que es una muerte sin sufrimiento físico-, han de vérselas con el mortal aguijón del virus en la infausta leva de una muerte sobrevenida, inesperada y, por esto mismo, no conforme con la natural consumación de los días. En otra de esas declaraciones en las que quiere decirse sin decir, buscar la excusa de los protocolos médicos y exonerar las responsabilidades propias, o esgrimir la causa mayor de una pandemia que fue ignorada cuando se convocó a adeptos a la causa en un mitin independentista, donde hizo buena caja -la pela es la pela- un churrero que anunciaba las excelencias de ese producto español, una preboste catalana así lo manifestó a los medios, con la frialdad de quien parece atribuida de tan fatídica potestad. Ya vendrán los desmentidos, el quita y pon de los matices y el universal empeño de sanar a cualesquiera afectados por el infeccioso mal de la pandemia. Pero el susto quedó en el cuerpo y el alma de quienes se han llevado décadas precisamente contribuyendo, entre otras muchas cosas, a que la sanidad pueda asistir a todos y, por lo menos, son igualmente merecedores de las atenciones médicas necesarias cuando la salud se quebranta, sea ordinaria o excepcionalmente.

Otra cosa es -porque excusas se buscarán para el despropósito- aplicar el encarnizamiento terapéutico en el postrer momento de la vida y con independencia de las causas que lleven al mismo. Ahora bien, resulta inaceptable -y otros calificativos callados por la prudencia- que cumplir ochenta años dé por vencido el plazo de la vida ante la incapacidad, excepcionalidad aparte, de ofrecer la asistencia para que así no ocurra.

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