Cuando arrecia la desgana

Lo que notas al punto por esas ganas locas de enviar la disciplina escribidora a freír gárgaras

Supongo que será por la calor (así en femenino, como la mar del marino que no adopta su feminidad por casualidad, que no) de estos días, que amaga con calcinar humores y achicharrar alientos y que te aplana y te deja sin ganas de na, hasta que llegue al rescate la brisa crepuscular. A pesar del regomello por tanto que leer, que escuchar, por descubrir, con tanto aliciente, humano y mundano, para salir, entrar acá o allá y convivir. Pero con esta calor que te impide llegar, ni de buena ni de mala gana, a tratos ni trucos con la imaginación creativa, imprescindible para escribir, pues eso, que no escribo. Porque me tomo en serio lo de las ganas, o sea ese tipo de pulso en fuga, de tensión extenuada, caprichosa y poco amiga de dejarse razonar, que aparece por oleadas de inestables fluidos desangelados que arrasan vigores y alteran las empatías y deseos de los que brotan las reales ganas de no escribir sin ganas. Lo que notas al punto por esas ganas locas de enviar la disciplina escribidora a freír gárgaras. Porque a ver, qué vas a decir con esa falta de ganas que enturbia la claridad de las razones críticas de la pulcra razón que querrías compartir con el improbable lector. Y todo lo que diga sin gana, será feo o malo con ganas, así que mejor no escribo y lo dejo aquí, hoy mismo, sin darle tiempo a que me eche cuando le entren ganas a él, al Director, al leer este alegato pasota y desganado; y no porque le tenga ganas ni a él ni a nadie: solo porque cuando arrecia la desgana, no hay ganas que valgan. Otros años, recién asomaba la canícula, excusé este mutis cíclico sobre la falta de inspiración, las bondades de silencio o la necesidad de sacarle punta a lápiz y tal, pero tal vez lo más certero que haya certificado nunca sea endiñarle la espantá estival a la desgana. Que al cabo tampoco sale gratis, lo sé, porque el ocio desganado te enfrenta, desarmado de teclados y lápices, al aburrimiento existencial ese que se troca, de rato en rato, en una suerte de alboroto mental, de ocurrencias gamberras que se solapan pululando entre los circuitos cerebrales con su brutal horda de chispas arreando de aquí para allá, sin atender a la orden de concretarse y cosechar algún fruto, antes de que desagüen, como suelen, por los ramblazos del olvido. Así que, con la desgana en lontananza a cuestas, me despido hasta septiembre o por si acaso no volvieran las ganas propias o ajenas, hasta siempre.

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