El arrecife de las Sirenas

El mar, el "vinoso Ponto" homérico, no parece la tumba de media África, sino algo acogedor

Al pie del faro de Cabo de Gata, junto al Arrecife de las Sirenas, me descubrió mi mujer un pequeño miradero orientado hacia el Poniente. Se llega andando un par de minutos por un senderillo que sale de la escalera misma del faro y desemboca en un roquedo estrecho que mira a pico sobre el mar. No está señalizado, ni falta que hace. No figura en las guías y mejor que siga así. Nadie lo promociona como un valor inmarcesible de nuestras esencias patrias. Es el Cabo de Gata en estado puro: bello, relajante, tranquilo y nada asfaltado. El sitio perfecto para abandonarse.

Homero llamaba a la Aurora "la de rosáceos dedos" y también se podría así motejar al anochecer. Sentados en la roca, con el faro encima y el arrecife a la izquierda, el griterío de las gaviotas de Audouin, las propias del Parque Natural, no perturba la contemplación, sino la favorece. Allí sentado, el ruido ayuda a no tener que aguantar al típico turista incapaz de enfrentarse a su vacío mental sin rellenarlo de pueriles efusiones, danzas y poses de selfi barato, carne de red social y corazoncitos aprobatorios. Mirando cómo se va acostando el sol, poco a poco, hasta dejar un rastro rosiazulado y, finalmente, volverse oscuridad, la vista vaga por el mar, el cuerpo se funde en la roca y la mente, libre de la tiranía de la condición humana, se vuelve roca ella misma.

La sensación de plenitud que provoca hacerse uno con el entorno es el primer paso de un viaje que me lleva a pensar cómo, contemplado y disfrutado desde aquí, el mar, el "vinoso Ponto" homérico, no parece la tumba de media África, sino algo acogedor que, como el canto de las sirenas, atrae trágica e irremisiblemente al Odiseo que todos llevamos dentro. Sentados en las rocas, fundidos con ellas, convertidos en roca misma, nuestro ser se vuelve piedra orientada a las últimas luces del día, sin más preocupación que saber que, por muy oscura que llegue a ponerse la noche, siempre quedará un minuto menos para que los rayos del sol naciente la iluminen. Dentro de tanta belleza, tanta paz y tanta serenidad de espíritu, compadezco a quien tiene altavoces en vez de neuronas y lamento que haya gente convencida de que la costa es para levantar hoteles en vez de para aprender a hacerse uno con el sol, el mar, el aire y la roca. Busque quien quiera alojamientos, ruidos y bebidas. A mí me basta el Arrecife de las Sirenas despidiendo tranquilo otro día.

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