Miraba extasiada el horizonte, donde el cielo se iba tornando de un rojo salvaje, como si toda la tierra se hubiese incendiado, y una llamarada recorriese el éter desde una punta a la otra de la bóveda celeste. Desgranaba entre sus delicados dedos las nacaradas perlas, engarzadas en aquel collar de dos vueltas que rodeaba su cuello. Sus ojos, inmensamente dulces y entornados por la luz, una vez más admiraban tanta belleza antes de despedir el día. Pensaba en la forma que tuvieron de conocerse, pero la memoria desgastada por los años, no acertaba a concretar cómo ni cuándo fue el flechazo. Aquella luz intensa con que se vestía el cielo cada atardecer, aquellas nubes que como pinceladas de un colosal acuarelista adornaban el cielo, matizando los contornos de las nubes en todos los tonos posibles entre el rojo pasión y los rosas más pálidos, hasta tintar de violeta los montes que se dibujaban frente al deslumbrante ocaso, la dejaban sin aliento. No importaba cuantas veces se repitiese la escena, cada instante era único e irrepetible, cada día era nuevo e inédito, eternamente distinto. El protagonista de una novela, cuyo título no recordaba, mantenía que "cuando se visitaba por segunda vez una ciudad, siempre era distinta, nunca se volvía a la misma que se conoció antes". El sabor de sus calles, el color de su ambiente, el aroma del aire, absolutamente todo quedaría impregnado por la persona que te acompañase, por las emociones que te inspirase, y sentirías volver a una ciudad nueva y desconocida. Algo así le ocurría a ella cada día que se asomaba al mirador acristalado de su casa, y contemplaba, como si por primera vez se tratase, un maravilloso ocaso que la dejaba sumida en aquel profundo éxtasis que elevaba sus pies sobre la tierra. Pensativa y sonriente, volvió su rostro hacia su derecha, dejando a un lado el espectáculo del sol ocultándose sobre la raya del horizonte que separa el cielo de la tierra, y allí, en silencio, sentado en su cómodo sillón, como siempre, estaba él, pero no miraba el atardecer, sino que clavando sus ojos en los suyos, se sumergió en el fondo glauco de aquellos pequeños y dulces lagos, gastados por el tiempo, en los que se reflejaban los rayos de todos los atardeceres compartidos, de todos los ocasos de aquel gigantesco astro que los acompañara toda una vida, ahogándose en ellos, como un náufrago que se entrega al mar embravecido en una noche de tormenta. Fue un instante infinito, un estallido en el que ambas miradas se fundieron en aquel nuevo atardecer solo para sus ojos, que duraría toda la eternidad.

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