Comunicación (im)perinente

Francisco García Marcos

La bengala del Capitolio

Los cordones sanitarios en Europa son imprescindibles, si se quiere garantizar la propia supervivencia del sistema

En los naufragios se emplean bengalas como solución desesperada, con el anhelo de que la luz ocasional ilumine los cielos y guíe el rescate de los perdidos en la mar. El asalto al Capitolio el pasado miércoles ha sido una baliza para la democracia en general, no por presentida, menos concluyente. Lanza un mensaje inequívoco acerca del trasfondo último de los nuevos populismos, pero también de su alcance potencial a corto o medio plazo. No se trata únicamente de movimientos de extrema derecha. Suponen un rechazo a la aceptación de la otredad y de la coexistencia con el que es distinto. Atacan, por tanto, la línea de flotación nuclear de la democracia, como proyecto político y, en última instancia, como pauta ética. El procedimiento, por lo demás, tampoco es estrictamente nuevo. Las redes recordaban esto días que Trump ha aplicado en su propio país un modus operandi bastante habitual. La mano norteamericana ha acunado las más ominosas dictaduras latinoamericanas. Detrás de las atrocidades vividas en Paraguay, Chile, Argentina o Uruguay, por no extenderme, siempre ha habido una poderosa sombra gringa. Trump simplemente se ha confundido, al pensar en la universalidad del mecanismo y aplicarlo incluso en casa. En todo caso, es necesario llegar hasta las raíces primarias de ese credo político. Las dictaduras antidemocráticas no son una creación genuina de los estadounidenses. A Latinoamérica se exporta un atroz modelo ya empleado en Europa: Hitler, Mussolini, Franco…. Más vale no seguir. El mensaje social de los populismos modernos responde a esa miserable genealogía. Es fascismo, puro y sin atenuantes, provisionalmente recubierto de ropaje democrático, aunque preparado para actuar ante el primer resquicio que se le brinde. La bengala del Capitolio nos advierte con severidad de que no caben titubeos ni ambigüedades. Los cordones sanitarios en Europa son imprescindibles, si se quiere garantizar la propia supervivencia del sistema democrático y de lo que socialmente comporta. Cuando los militares españoles dieron el golpe de 1936, Churchill prefirió no ayudar al gobierno legítimo de la II República. A pesar de que Hitler y Mussolini se volcaron con la España fascista, los países democráticos vacilaron ante la inquietud que provocaba un gobierno izquierdista en España. El resultado, para nosotros y para el resto del mundo, está en la mente de todos. Que no se repita porque hasta desde el Capitolio han tenido que lanzar un severo aviso.

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