Una buena Universidad

Es buena una Universidad cuando adquiere autoridad moral y se convierte en un templo del pensamiento

Periodicamente nos vienen con una clasificación de Universidades (los cursis la llaman "ranking": en inglés suena mucho más indiscutible) que se publica a bombo y platillo y fomenta la publicación de sesudas consignas sobre el estado de nuestra institución, como si la desviación estándar fuera la palabra de Dios y los cuartiles el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie pone en duda la validez en sí de tales estadísticas porque quien duda de la Diosa Correlación es anatema. Estas ordenaciones son falsas e interesadas porque miden con la misma regla sistemas diferentes y ponen en pie de igualdad Universidades públicas y privadas, centenarias y adolescentes, protegidas e ignoradas. Al final, se usan inadecuadamente como coartada para inducir unas transformaciones que no benefician a las Universidades, sino a intereses ajenos. Es la versión estadísticamente maquillada de tirar la flecha y pintar la diana después.

¿Qué hace buena a una Universidad? No la cantidad de alumnos porque eso depende de la población del entorno; no el porcentaje de estudiantes que obtengan trabajo porque esto depende de la capacidad de contratación de los empresarios; no la cantidad de publicaciones porque depende de revistas científicas, en propiedad muchas veces de empresas que se lucran especulando con la difusión de nuestros resultados; no que se conviertan en el laboratorio de I+D de las empresas si eso acaba considerándose más importante que ampliar las fronteras del conocimiento.

Es buena una Universidad cuando adquiere autoridad moral y, en vez de obedecer a algunos iluminados arrogantes siempre dispuestos a proclamar cómo dirigir aquello que desconocen, se convierte en un templo del pensamiento, un laboratorio de soluciones, un ámbito desde el que contribuir a mejorar la sociedad en todo, no ya en lo que interesa a los iluminados y a sus titiriteros. En una buena Universidad, se tiende por imperativo ético a la mejora; su Consejería la ayuda en vez de condicionarla; la financiación no se condiciona a la obediencia, sino a la eficiencia; los planes de estudio no dependen de burócratas sentados a quinientos kilómetros; el profesorado siente que hace su trabajo en vez de bucear entre trámites y papeleos y las cuentas se le rinden a la sociedad, no a sociedades anónimas. Se llama "autonomía universitaria" y, aunque a algunos no les interese que se sepa o recuerde, está en la Constitución.

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