La buena resiliencia

Apartarse de los soberbios y aceptar el error es la resiliencia que necesitamos, no la que nos meten con manuales de autoayuda

Pensar la historia de las palabras es sopesar cómo sus significados nos van rellenando la mente y valorar en qué momento usarlas para que no haya errores: lo que decimos, una vez fuera de la boca, es de quien lo oye, pero la precisión es madre de la comprensión. Existe en latín una raíz fecundísima, origen de muchos términos que seguimos llevando en las alforjas, ora desde el origen de nuestra lengua, ora que nos hayan llegado recientemente. Me refiero al verbo "salire", "dar un brinco". Cuando se repite, se convierte en "saltare", "saltar" o "bailar" (no es nuevo eso de dar botes al ritmo de la música, no). Para la acción de saltar hacia atrás, tenemos "resilio", que nos ha llegado con la forma "resiliencia" desde la lengua inglesa y que se refiere más a la flexibilidad, la capacidad de volver a la postura inicial, que a la resistencia, emparentada con el verbo "sisto", que significa "mantenerse firme".

Habla Quintiliano de la resiliencia, mala para los oradores y buena para el trato social. Así, en un lugar dice que es bueno que el orador se desdiga pero ridículo que lo haga de un brinco ("marcha atrás y quemando rueda", que diríamos hoy); en otro, defiende que está bien dar consejos a quien los acepta y que debemos alejarnos de sopetón de quien no los quiere.Tan de moda como se ha puesto eso de la resiliencia, bien estaría si, además, se practicara bien: hay que alejarse de las personas venenosas, envanecidas y profundamente necias que disfrazan de seriedad su rigidez mental y de sagrada indignación la indignidad de su egolatría. Apartarse de los soberbios y aceptar el error propio y el ajeno es la resiliencia que necesitamos, no esta otra que nos meten por los oídos a golpe de manuales baratos de autoayuda.

Conviene también que quien dice una majadería entienda que puede bien desdecirse (mucho yerra quien habla mucho) y que tachemos de poco fiable al que insiste en no haberla dicho, en que todos los demás la hemos interpretado mal o, simplemente, no nos enteramos de nada. No comparten raíz ni significado el exiliado y el prófugo: el primero tiene que abandonar el suelo de su patria, el otro sale corriendo como alma que lleva el diablo. Identificar el exiliado con el prófugo es inaceptable, peor aún si es por mero electoralismo: un orador sensato reconocería su error antes de que más gente siga apartándose de él y de los suyos, sea de un bote o de un voto.

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