A Son de Mar

Inmaculada Urán / Javier FornieLes

Se busca guionista

Al guionista español solo le queda un camino: escribir una astracanada o una historia idílica

Esta semana hemos tenido la entrega de los premios Goya. La ausencia de público ha servido para ver un año sembrado de muertos y mascarillas, en el que los festejos han quedado arrumbados en la memoria. Un documental que comentábamos elogiosamente hace un par de meses, El año del descubrimiento, ha obtenido dos premios muy merecidos. En él se cuenta la historia silenciada de la reconversión en medio de las celebraciones del 92. Y ahí surge la pregunta. ¿Se premiará dentro de unos años un documental que denuncie lo ocurrido en el 2020, en este 'año de encubrimiento'? Nos tememos que no.

El otro día veíamos de nuevo una conocida serie política, Borgen. Empieza con una cita de Maquiavelo, pero luego nos asoma muy tímidamente a las intrigas, al mundo oculto de los asesores o a las relaciones entre la prensa y los políticos. Para un hispano, lo llamativo es la peripecia que dispara la trama. La esposa del primer ministro, una mujer trastornada, compra un bolso en Londres. Su tarjeta no funciona. Enloquecida llama al marido y este acude al rescate. Mientras la mujer da gritos, para evitar el escándalo, el ministro saca la única tarjeta que lleva: una reservada para gastos oficiales. A la vuelta reintegra el dinero, pero el recibo llega a manos de la oposición. El primer ministro pierde así las elecciones ante el escándalo que supone pagar algo privado con dinero público.

Pensemos ahora un momento en los guionistas españoles. ¿No nos partiríamos de risa ante semejante argumento? ¿Perder las elecciones por utilizar una tarjeta oficial y comprar un bolso a pesar de que luego se devuelve el dinero? Por mucho que citen a Maquiavelo, estos daneses hay que reconocer que son muy ingenuos. Aquí, si alguien, de forma pretendidamente realista, contara la historia de Fernando Simón con cien mil muertos sobre la mesa, que Villarejo comparte mesa con la Fiscal General o la complicidad con que votamos a quienes esquilman los fondos del estado, el público se daría por aludido y rechazaría indignado su propio retrato. Con este panorama, al guionista solo le queda un camino: escribir una astracanada, una comedieta con muchos tacos, o tejer una historia idílica en un tiempo tan alejado como la guerra civil. Y es que, para los buenos guionistas españoles, ante unos espectadores con la piel de un elefante frente a los escándalos diarios, todos los años suelen ser de pandemia.

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