A la luz del día

Una de calamares

No deberían caber dudas sobre la atención y el cuidado de los padres a la vulnerada inocencia de sus hijos

No es cuestión de una ronda a la hora del aperitivo, sino de un juego diabólico. E incluso de algo más que esto último, por las consecuencias y efectos que conlleva. Ya que una serie de televisión, surcoreana, "El juego del calamar", acapara audiencia en la plataforma Netflix y está rompiendo la inocencia de los juegos infantiles, transmutados en violentas competiciones de supervivencia. El argumento central se resume en el desarrollo de un concurso, con 456 participantes, afectados por diferentes vicisitudes personales, sociales y profesionales, que, sin embargo, coinciden en tener grandes deudas o desgracias que afrontar. Ese concurso recurre a juegos infantiles, recreados con sadismo, de consecuencias fatales si no se gana en ellos, y la oportunidad de obtener una altísima fortuna de resultar ganador. La desigualdad económica, en Corea del Sur, inspiró al director, además de algunas experiencias propias en ese mismo sentido, pero el resultado, más que una crítica distópica del capitalismo, acaba por suscribirlo con la muy rentable comercialización de la indumentaria y de los objetos, como una muñeca robot, que aparecen en algunos de los juegos, e incluso la hechura de los ataúdes de los derrotados. Si este efecto es notorio, además de contradictorio, están reclamando atención, y son motivo de preocupación, conductas infantiles, en sus juegos hasta ahora no tan dramáticamente alterados en la ficción, que adoptan reacciones violentas con los perdedores. De resultas, la siempre abierta controversia sobre el origen de las causas y el control de los efectos. Sostienen los educadores que, sin la implicación familiar para controlar el acceso de sus hijos a series televisivas como esta, en modo alguno recomendables para los menores, no es posible atajar sus efectos. Argumentan los padres que, sin un control o regulación de la emisión de esas series, que banalizan la violencia y recurren, para ello, a juegos infantiles, poco pueden hacer. Y entran en la cuestión analistas, pedagogos y sociólogos que subrayan la necesidad de concienciar en mejor que medida que censurar o restringir. Luego los efectos acrecientan su alcance porque cuesta adoptar una manera, sensata y pertinente, de contrarrestarlos. No deberían caber dudas sobre la especial responsabilidad de los padres aplicada, en este caso, al acceso de sus hijos menores a series como esta. Acaso la "modernidad líquida", del sociólogo Zygmunt Bauman, explique o dé trasfondo a la dejación de los deberes y derechos de la patria potestad de los padres sobre sus hijos menores no emancipados. Que no se alivia con "una de calamares".

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