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Fue una campaña electoral más

El problema de la palabra es la propia palabra: que se atropella a sí misma, con urgencia, en un mundo donde todas son iguales

Después de la campaña electoral madrileña, lo importante será el resultado que salga de las urnas, por supuesto. (Esta columna está escrita antes de conocerse los resultados; y por supuesto, mi colaboración no es, ni puede ser, sobre los resultados.) Pero, como siempre, hay cosas más importantes para el largo plazo que el inmediato resultado coyuntural. Me refiero al ejercicio de la Democracia en el sentido más amplio, en el del ejercicio de la Libertad. Planteaba el alcalde de Madrid que "¡qué más da que se les llame fascistas si gobiernan bien!", como si la crítica al Fascismo fuese por ser escuela de malos gobernantes. Aunque eso parece no importarle mucho a la presidenta de Nuevas Generaciones de Madrid que verbalizó, literalmente, un "más vale malo conocido que bueno por conocer, ¡eso es Ayuso!".

Esto del lenguaje es más que preocupante, sobre todo en una sociedad que se conforma con enfrentar opiniones, donde lo importante no son los argumentos expresados en las mismas, sino los energúmenos que hay detrás: basta con lo que hoy viene a ser la razón democrática, basta con ser más. Vemos que de afirmaciones banales se nos está inundando el patio. Pues yo quiero aportar la mía, y puestos a decir tonterías, no quiero quedarme fuera del concurso, y participaré con un rotundo: "las dictaduras son los gobiernos más económicos que pueda haber". Os garantizo su éxito entre las hordas juveniles que claman libertad a tragos de cerveza.

Cuando era jovencito, en los tiempos más próximos a la dictadura de Franco, era muy común escuchar una sentencia que hoy ya está en desuso: "antes estaba Alí-Babá con sus cuarenta ladrones; ahora hay cuarenta Alí-Babás, cada uno con sus cuarenta ladrones". Y se quedaba tan contento el cipote de turno. "Cipote", entonces; hoy sería concursante de pleno derecho al premio a la irresponsabilidad más gorda. Ahora el problema de la palabra es la propia palabra: una palabra que se atropella a sí misma, con urgencia, en un mundo donde todas las palabras son iguales. Son iguales porque sólo se las distingue por el receptor de los mensajes: "ésta es buena porque es la de los míos", parecieran decirse. Nos hemos cargado aquel otro refrán no menos famoso y también muy en el olvido: "la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero". Y es que cuando hemos venido a jugarnos la Libertad por unas cañas, sólo resta pensar qué tapa vamos a pedir.

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