Los clásicos, un modo de pensar

Los clásicos nos desafían a pensar, a saber, que es saborear el conocimiento

A LGUNA vez me he referido a Alfio, el usurero horaciano que, tras fantasear con las ventajas de la vida sencilla y campestre, volvía a hundir la cabeza en sus cuentas e intereses. El texto me parece especialmente ilustrativo de cómo podemos tener una atención selectiva y deformar la realidad: cuando estudiábamos en el Instituto (sí, hubo una época en la que se hacía eso), solo nos hablaban de la primera parte, el elogio de la vida retirada, pero no del quiebro final, que convierte el paisaje bucólico en una satírica narración. Nuestra memoria, como nuestras afinidades, es electiva y selectiva. Decidimos con qué nos quedamos y qué eliminamos, qué queremos guardarnos y qué nos estorba, con qué elementos, en fin, vamos a moldear eso que llaman "el relato". Según lo veo, la criba de experiencias se convierte en un manual de conducta que nos guía por la vida y hace de nosotros lo que somos. Parte de esa historieta que nos contamos para saber cómo comportarnos se construye con las experiencias culturales, sea que aceptemos lo que nos cuentan, sea que cometamos el horrible pecado del librepensamiento.

Más allá de aoristos y ablativos absolutos, más allá de currículos y de autoridades asilvestradas que desprecian todo lo que ignoran y atacan todo lo que les hace ver cuánto es su desconocimiento, los clásicos, bien usados, pueden ser útiles para algo peligroso y antisistema: animarnos a ver las cosas desde otro punto de vista. Alfio puede simbolizar la visión romántica de una falsa felicidad rural o la hipocresía del banquero que habla de humanismo para sojuzgar a los seres humanos a golpe de tasas y comisiones. Sin embargo, prefiero verlo como una provechosa lección para lo que se nos ha venido encima y lo que vendrá después.

Con su anécdota, Horacio nos susurra al oído que no nos fiemos de la primera lectura; volviéndolo del revés, me lleva a pensar que es bueno parar, protestar y volver al trabajo diario. Necesitamos una vía para quejarnos y, si nos la reprimen, estallamos: la solución es más empatía, no más policía. Quien mucho manda poco gobierna y la organiza quien demasiado ordena. Alfio, Horacio, los clásicos, nos desafían a pensar, a saber, que es saborear el conocimiento. Quienes los barren de sus Institutos por considerarlos inútiles no quieren volvernos tontos. Eso es imposible: carecen, en fin, de la inteligencia necesaria para convertir su bilis en ideas.

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