La conciencia del inconsciente

Los delincuentes por convicción o a conciencia infringen la ley según su criterio subjetivo

Para paliar en lo posible el escándalo del inminente indulto a los condenados por el referéndum secesionista catalán, dado su más que posible fraude legal en caso de que se materialice su concesión, como ha advertido con severo talante y rotunda prosa, por cierto, el Tribunal Supremo, algún miembro del gobierno apeló esta semana a que la decisión final sobre el indulto la acabarán tomando "en conciencia", lo que no añade sino mayor descrédito y alarmante desconcierto al proceloso asunto. Porque esto de invocar la conciencia propia como soporte interpretativo para justificar conductas reguladas en el ordenamiento, según quién y cómo se use, es un concepto resbaloso donde los haya, que lo mismo alude a los dilemas morales clásicos de la tragedia griega, (recuerden a la Antígona de Sófocles, que invocó su conciencia para vulnerar la ley), que a las metáforas psicoanalíticas freudianas (en las que la mente consciente representa solo la punta del iceberg, mientras que la gran masa inconsciente donde se cuece aquella, se oculta bajo la superficie), pasando por las invocaciones habituales de los objetores de conciencia para excusarse del cumplimiento de alguna norma legal. Por no hablar de los llamados delincuentes a conciencia o por convicción, o sea, aquellos que infringen la ley porque según su criterio subjetivo, al que suelen llamar también reales ganas o conciencia, son legítimas algunas conductas privadas socialmente tipificadas como delito, si son ellos quienes las realizan, claro (vean desde los okupas de casa ajena a los violentos de género, o los "robinhood" de pacotilla). Porque al cabo, operan conforme a sus convicciones axiológicas, ideológicas o religiosas, ya firmes o bien de ocasión. Y porque, en definitiva, la conciencia de cada cual, (especialmente adiestrada para ello desde los juegos de la infancia), lo valida o convalida, si falta hiciera. El problema es que detrás de la conciencia, o acaso debajo de ella como metaforizaba Freud, hay otra gran masa cerebral donde circulan por libre las emociones, las hormonas, las ficciones memorizadas y la presión del entorno, que son los factores que al cabo marcan nuestros deseos y motivan las decisiones que luego la conciencia justifica vistiendo a la mona de seda. En ese caso en vano, porque la arbitrariedad, aunque venga emperifollada por la conciencia del inconsciente, es una antigualla proscrita por la Constitución.

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