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De reojo

JOSÉ maRÍA REQUENA COMPANY

La conquista de la igualdad (I)

De haber podido, hubiera querido escribir otro artículo distinto, una continuación de aquella alegría que traspiraba la piel de EspañaLo cierto es que la desigualdad humana viene ya marcada en nuestro ADN, como germen de egos y discordias

La libertad no es un regalo de la naturaleza sino el resultado de un proceso educativo, un valor que solo se logra a través de la disciplina y el sacrificio, aunque resulta incompatible con la igualdad porque mientras que seamos libres, el diferente esfuerzo y entendimiento íntimo de cada cual nos lleva indefectiblemente a la desigualdad. Es una reflexión controvertible, otra más, pero no mal armada, del profesor R. Scruton, fallecido hace unos días, a quien rindo homenaje por tantos gozos dialécticos que me propició en vida. Pero se esté de acuerdo o no con el postulado, lo cierto es que la desigualdad humana viene ya marcada en nuestro ADN, como germen de egos y discordias. Porque, ¿no fue acaso la desigual robustez biológica con la que nacemos, la que forzó desde el origen de los tiempos la desigual distribución de la riqueza y poder social que hemos asimilado a través de la cultura y sus liturgias variopintas? Claro que sí. Pero ojo que esta desigualdad social hasta ahora arrastrada y más o menos aceptada, se ve hoy alterada por los efectos de una globalización severa y sin control político que la va polarizando, aunque tal vez no tan azarosamente como hasta ahora ocurrían los cambios de paradigmas sociales. Y es que si, como dicen las estadísticas (según los que saben leerlas, como S. Pinker), es verdad que se atempera la pobreza de la base piramidal de las sociedades y fuera cierto que cada vez hay menos pobres en el mundo, creo que tampoco nadie puede discutir en serio que, a la vez se esté agrandando la desigualdad distributiva de los recursos globales disponibles y que aumenta exponencialmente la distancia entre la riqueza de las elites ubicadas en las alturas piramidales de la sociedad, respecto a sus bases. Y no se trata, al menos no solo, de que estemos ante la reactivación de una desigualdad histórica más en el reparto de la riqueza, lo que al cabo no supondría sino otra oscilación económica capitalista, corregible con meras medidas políticas como demanda, acaso ingenuamente, Piketty. No, no. Lo que se perciben son signos más serios (vean la renuncia gala a cobrar la tasa Google) de una curvatura inédita en la red social que entreteje el planeta, originada por tensiones entre el poder político y los intereses económicos de las grandes corporaciones financieras o tecnológicas, que ven muy claro aquel postulado de que la igualdad es incompatible con la libertad.

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