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Uno consigo mismo

Sacar de la rutina a cualquier persona, protegido de la placidez del hogar, la seguridad del quehacer diario, es difícil

Toqué la pantalla del móvil, deslizando la contraseña táctil y al abrir el enlace del historial del navegador me encontré con el siguiente texto, que a partir de este día decidí acogerlo como cita de cabecera: "Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida y ver qué era lo que tenían que enseñarme, no fuese que cuando estuviera por morir, descubriera que no había vivido." No sé a ustedes, pero leída un par de ocasiones seguidas, en modo batidora, es contundente. Lo escribió hace años el estadounidense Henry David Thoreau, y tuve ocasión de conocerla gracias a que un catedrático español la rememoró en un libro que acaba de escribir y publicarse.

Sacar de la rutina a cualquier persona, protegido por la placidez del hogar, la seguridad del quehacer diario, o el gozo de cubrir cualquier necesidad básica mientras escucha el cliqueo estridente de la tarjeta de crédito al pasar por el lector de una "tpv", resulta muy difícil. Son muy pocos los que lo hacen, quienes se atreven a dar ese paso, absolutamente cargado de incertidumbre y desasosiego. Pero, como a los dos individuos citados, a veces resulta apasionante, incluso necesario, enclaustrarse durante algún tiempo, más solo que la una, lejos del mundanal ruido y el estrés aborrecible, para encontrarse con uno mismo y limpiar el espíritu. Soledad confortable.

Thoreau y José Díaz vivieron como ermitaños durante bastante tiempo, en distintos bosques. Más de dos años el primero, tres meses el español. Les movió a ello la irreconciliable y paradójica sensación de llegar al último de sus días sintiéndose incompletos. Tantos días vividos, pero con poca vida. Cuántos días vividos, pero artificiales e insulsos como la nada.

No he tenido la oportunidad, o valentía, de cubrir completa en plazos la experiencia de esos intrépidos personajes. Sí, al menos, durante algunas jornadas. Y el hecho de acomodarte entre la naturaleza, sentirte realmente parte de la misma, con sus riesgos y sus incomodidades, te enseña mucho. No ese entorno, sino uno consigo mismo, pues aquél solo sirve como catalizador. Conocer realmente lo verdaderamente importante, aquello que suma y resulta imprescindible, incluso la fragilidad de todo lo que nos rodea, la finitud de nuestra existencia. Aquí termino el momento zen. Otra semana volveremos a la senda de la crítica política y otras pamplinadas.

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