La Resistencia

Luz Belinda Rodríguez

Parlamentaria andaluza por Almería

La cruz de Aguilar de la Frontera

La imagen de la cruz tirada en un vertedero duele. Pero reconforta la respuesta de unos pocos lugareños

En Aguilar de la Frontera, provincia de Córdoba, han arrancado la Cruz de las Descalzas, la han arrojado a un vertedero y la han destrozado para hacerla desaparecer. El itinerario recuerda de forma siniestra al que siguieron miles de católicos en la Segunda República y la Guerra Civil. Arrancados de sus casas o de sus conventos. Conducidos a las checas socialistas, comunistas o anarquistas para ser torturados. Paseados más tarde hasta la tapia de un cementerio, un barranco o una mina abandonada y allí asesinados. Fueron muchos miles. Por eso en cada pueblo había una cruz que los recordaba. Ya van quedando pocas, porque esas cruces son una denuncia permanente contra sus asesinos. Y los herederos políticos de aquellos asesinos pretenden que se olviden sus crímenes para así poder reconfigurar el pasado a su gusto, dividir a la sociedad entre buenos y malos, asignarse el papel de buenos y obtener ahora rédito político con una tragedia de hace más de ochenta años.

Atentar contra la fe mayoritaria de los españoles es sencillo. Basta el concurso, por una parte, de una alcaldesa sectaria cuya ideología sea un coctel de revanchismo histórico, fanatismo antirreligioso e incapacidad para actualizar sus propuestas y dar respuesta a los problemas reales de la gente. Por otra parte, de unos grupos políticos acomplejados, siempre dispuestos a comprar el discurso de sus rivales y a mantener, cuando gobiernan, sus políticas. También de otros que vociferan mucho, pero se vuelven muy poco exigentes dando su apoyo a los que gobiernan. Dos años hace ya que gobiernan Andalucía PP y Ciudadanos con el apoyo incondicional de VOX y sigue vigente la Ley de Memoria Democrática que ha invocado el ayuntamiento para arrancar la cruz.

La imagen de la cruz tirada en un vertedero duele. Pero reconforta la respuesta de unos pocos lugareños que ni reniegan de su fe, ni se dejan llevar por el odio tras la provocación. Han destrozado la Cruz de las Descalzas, hace décadas ya despojada de toda referencia política o histórica. Pero unas monjas han querido custodiar amorosamente los pedazos y habrán rezado por quienes mandaron destrozarla. Han talado la Cruz de las Descalzas, pero unos jóvenes la han repuesto. Más modesta, igual de valiosa. Y hay más dignidad en esos jóvenes contracorriente que en todas las instituciones públicas juntas. El mundo seguirá girando, pero la Cruz prevalecerá.

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