Y sin cuentos, por favor

Para la casta política acudir al confesionario es la acción más difícil e irritante en el ejercicio de su cargo

En el vocabulario de responsabilidades políticas no tiene cabida la palabra PERDÓN. Debería de haber entrecomillado la frase anterior porque la pronunció Rodríguez Zapatero. Si no lo he hecho es por la fatiga de enumerar la lista de tantos y tantos que si no la dicen sí la piensan, con la probabilidad de contrariar a alguno al quedarse fuera del inventario. Resulta cuando menos impertinente esta indiferencia, este desinterés en el arte de pedir perdón. Para el común de los mortales solicitar indulgencia es un acto de humildad o de liberación. Para la casta política casi al completo, acudir al confesionario es la acción más difícil e irritante en el ejercicio de su cargo. Dicho de otro modo, es prácticamente imposible, la SOBERBIA paraliza el reconocimiento público de 'errores' en las responsabilidades políticas. De otro lado, no hay redaños porque conocen cuál es la penitencia resultante: dos Credos, una Salve y cierre la puerta al salir. De aquí, entre otros motivos, tanta palabrería vacía, tanto cuento tal que así:

En el País de Nunca Jamás Podré Dormir con él, Peter Pan se tragó la rueda y el molino, transigió con Campanilla, con el Capitán Garfio y el resto de la cuadrilla. De la chimenea del Palacio de las Cortes la fumata visible no fue roja ni morada, de color violáceo podría decirse. Y nos fuimos a la cama reconfortados, ¿qué otra cosa peor podía suceder?

Como en los cuentos de hadas, princesas, príncipes y ranas, recientemente vagábamos extasiados por el bosque de la pandemia asesorados por la varita mágica de un anónimo comité de expertos. En el universo Disney, un importante señor serio con gafas, negábase a dar nombres de los expertos so pretexto de quedarnos sin la magia escondida en su chistera. Y nos íbamos a la cama reconfortados, algunas gentes sabias velaban por nuestra salud.

En Fantasías Animadas de Ayer y de Hoy, el antaño vecino del barrio madrileño de Vallecas y en la actualidad Poncio de Galapagar, descolgó esta máxima: en Política no se pide perdón, en Política se dimite. No entrecomillo el eslogan porque tiene la pinta de ser tan falso como quien lo farfulló. Luego, escasamente hace un par de meses o tres, este personaje muy principal pidió perdón pero a los niños, pobrecitos míos. Y los niños se fueron a la cama reconfortados, sabedores de que en todo cuento aparece el lobo. Colorín, colorado, los cuentos no se han acabado.

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