El manuscrito

¿Y si dejamos tranquila a la Real Academia Española?

Los diccionarios recogen los significados y los explican, pero no tienen como misión valorar la ideología

Dicen que en España todos llevamos dentro un entrenador de fútbol. Añadiré que, también, un crítico taurino, un analista político, dos psicopedagogos y hasta un miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua. Siempre dentro de nosotros, ese demonio desabrido y acedioso mira, critica, menosprecia, ataca y condena sin escrúpulos y con una virulencia que asustaría al más recio de los Inquisidores.

Periódicamente, aparecen en las redes sociales campañas para que se elimine del Diccionario un término o una acepción, o que la Academia haga un dictamen al antojo de quien ha tenido la ocurrencia. De repente, un grupo decide que no queda bien reflejado en el Diccionario y ahí los vemos, reclutando apoyos entre gente que necesita su chute diario de adrenalina para sentirse vivos. Así, reclaman a voz en tecla que aparezca o desaparezca una regla gramatical, una palabra o una definición y, cuando se les dice que no es posible, no paran mientes en saber los motivos. Al contrario, siguen con su campaña y acusan a la Academia de sexista, racista, clasista, retrógrada o lo que sea menester porque son de ese tipo de gente que condena al diferente, al discrepante o al especialista que no obedece sus antojos. Las lenguas son herramientas de las sociedades en las que se desarrollan, cambian con ellas y reflejan en cada momento el conjunto de ideas, anhelos, temores y visiones del mundo de sus hablantes. Los diccionarios recogen los significados y los explican, pero no tienen como misión valorar la ideología a la que responden. Habrá quien se moleste leyendo que "facha" es el de ideología política reaccionaria o "rojo" el izquierdista, especialmente el comunista, pero el hecho es que así se usan o se usaron las palabras y la Academia solo puede comprobar si se siguen usando, si hay que marcar significados como desusados o si conviene mejorar las definiciones. Imaginemos que, por corrección política, la Academia borrara del Diccionario una palabra como "esclavo": ¿eliminaría de nuestra conciencia expresiones como: "la reforma laboral convirtió a los jóvenes en mano de obra esclava"? Muchas de esas campañas inquisitoriales plagadas de faltas de ortografía deberían tomar en consideración que la Academia está para hacer la foto de las etapas de nuestra lengua, no para eliminar lo que no le convenga a alguien. Esas purgas no se le pueden pedir a una institución científica.

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