César Romero

La estatua ecuestre (6)

El alcalde de una importante capital del sur de España ha retirado la estatua ecuestre del dictador anterior jefe del Estado. El columnista señero de la ciudad ataca esta decisión en una pieza con enorme eco. El alcalde, en un Pleno interrumpido por las asociaciones de memoria histórica, explica, emocionado, los motivos de su decisión. La joven promesa del columnismo local, a quien su diario le ha encargado que contrarrestara el del rival, entrega un artículo de rendida admiración al alcalde.

La estatua ecuestre (6) La estatua ecuestre (6)

La estatua ecuestre (6)

EL cronista iba a criticar su cerrazón al no revelar dónde estaba la Estatua, al no contar si se guardaba en alguno de tantos almacenes municipales, o si se le había dado la cal que el Ecuestre aplicó o mandó aplicar a tantos muertos para que su número no constara ni contara.

Pero al cronista le ha podido el hijo, el hombre de carne y hueso que teclea añorando el cigarrillo que anteayer lo inspiraba pero que desde que sólo parece servir para expirar (y recaudar) está prohibido y lo obliga a cambiar su estilo y no saber dónde buscar el humo de la inspiración. Porque el hombre, el improbable padre, no puede criticar ni seguir poniendo contra la pared a quien obró según su conciencia y su sentido del deber, aun a riesgo de faltar a la letra, pero quizá no al espíritu, de la voluntad de su señor padre.

Muy bonito. ¿Qué hago con esto? Me seco las lágrimas, me limpio los mocos. ¿Sabe lo que puedo limpiarme? Sabe qué le pedí el otro día. Debo de hablar en arameo, porque no pensará que este…mamazo, digno de la Lovelace o alguna furcia de esas que ustedes ven ahora, que ni siquiera saben quién es la Lovelace, una señora, sí señor, una señora, putísima pero señora, sabe, ¿no pensará que esta Mierda, ha oído bien, con mayúscula, semejante Mierda saldrá mañana en primera?

No sé. Yo pensaba, bueno...

Pensaba, bueno, ni siquiera sabe qué responder, todo el blablabla lo deja para su artículo, que parece escrito con el final de la palabra.

Mire, haga lo que quiera. Aquí la única mierda es usted. Usted y su periódico. El alcalde estuvo sembrado. Como no recuerdo a ningún político en mi corta vida de periodista. Emocionando, sincerándose. Si esta farisaica ciudad no es capaz de estar a la altura de su alcalde peor para ella. Total, nada la va a sacar de su adormecimiento. Ni un discurso ni usted y sus putos juegos de equilibrio. ¿Todavía no se ha enterado de que si vende diez o cien mil periódicos es por los cupones para coleccionar tacitas o por el cromo del portero del Atlético Balompié que ganó la Copa en junio del 85 y no porque nadie sepa cuál es su línea editorial? Baje a la calle, dese una vuelta, oiga a la gente respirar y hablar y déjese de encuestas falseadas.

Pero, cómo se atreve, cómo se atreve. Ahora mismo llamo a Pardo de la Serna para que le dé el finiquito. Pero...

Ahórreselo. Deme uno de esos papeles, que le firmo la renuncia ahora mismo. Me voy de esta empresa, que aquí nunca nadie cambia nada. Son todos ustedes Tancredi. Recuerde: aquel personaje del Gatopardo y su sobada frase. Que todo cambie para que todo siga igual. Son Tancredi. Y Dontancredos. Son el puto pedestal donde se levantan las estatuas. Las estatuas cambian pero los pedestales siempre están ahí. Siempre son los mismos. Y lo mismo. Siempre.

Llegó el frío, sin avisar, como siempre en esta ciudad, y con él las luces, los tenderetes navideños. La plaza con el pedestal vacío se llenó de quioscos con figuritas para belenes, espumillones y bolas de árboles de navidad. La polémica de la retirada de la estatua ecuestre casi cae en el olvido si no llega a ser por el partido que otros diarios sacaron a mi extraña salida del periódico. No quise darle ninguna publicidad, ni siquiera a los cuatro o cinco amigos blogueros que tengo les conté la verdad. Estaba hastiado, cansado de que nadie hubiera puesto en su sitio el discurso del alcalde, de que todos pensaran en el corto rédito que la polémica rendiría en el número de ejemplares vendidos mañana, en cuántas consultas o visitas tendría la edición digital del periódico. Sin mirar más allá, sin altura de miras.

Quise apartarme por un tiempo. Olvidarme de esta profesión que envenena más que consuela. Me pasé semanas en un garito con nombre francés de ópera italiana, aunque prefiera la canción homónima del gran Aznavour. Qué le vamos a hacer: soy una reliquia, una antigualla. Me gusta el armenio más francés de todos los franceses, Charles Aznavour; bebo ese licor que ya casi nadie consume, Cointreau, por su eufónico nombre, por su etiqueta aún no afectada por el cambio climático; y escribo a mano en holandesas mientras contemplo, a través del cristal de la cafetería, cómo la lluvia va calando los adoquines de esta calle con nombre de una antigua novia en cuyas esquinas se despedían, deseando que llegara la siguiente cita, una tarde y otra y otra, otra chica cuyo nombre aún me hiere y el aún no hastiado periodista y aspirante a columnista canónico que era uno entonces. Columnista canónico. Qué idiotez. Qué candidez. Será por someterme a los cánones que rigen la rutina local.

Quise apartarme, buscar otros caminos. Sabía que en aquella estatua tenía mi filón, no para explotarlo como lo estaban haciendo mis compañeros de profesión sino para dar el salto y escribir mi A sangre fría, un libro que lo contara todo, en el que hablaran el alcalde, las asociaciones por la memoria histórica, la cuadrilla que retiró la estatua, todos. Y todos con las voces salidas de mi pluma. Pero el tiempo nos atropella siempre. Siempre.

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