El filósofo autodidacta

Versión libre de una obra destinada a abrir las puertas de la Ilustración y que fue escrita por otro egregio almeriense

Hayy ben Yazqan llegó a aquella isla impulsado por un soplo de Amor. Su madre, sabedora de que el bebé corría grave peligro en su país natal, lo depositó en una caja de madera y rogó al Mar que lo cuidase en su travesía. Hayy viajó de la oscuridad del vientre materno a la luz del mundo a lomos de una ola impetuosa. Arribó la playa de una isla desierta y lloró de hambre y desconsuelo. Una gacela escuchó su lamento y se hizo cargo del pequeño. Lo cuidó y lo amamantó como hubiera hecho con su propia cría, aquella que voló en las garras de un águila cazadora.

Hayy creció sano y fuerte en un lugar bendecido por la Vida. A los seis o siete años comenzó a observar con detenimiento todo cuanto le rodeaba. Vio que los animales gozaban todos de algún arma para defenderse. Y él descubrió en sus manos la capacidad de darle forma a aquello que su mente bosquejaba. Lanzas, ropajes y cabañas se sucedían en un febril torrente de imaginación. Dedujo que había tres tipos de seres a su alrededor. Los que se reproducían y se desplazaban (animales), los que se reproducían pero no se movían (plantas) y aquellos que permanecían permanentemente abrazados a las dos columnas del Tiempo (inanimados).

Vislumbró también al sol, la luna y las estrellas en su íntimo y perpetuo baile nupcial. Una mañana, acariciando a su anciana madre gacela, percibió la fría sombra de la muerte. Exangüe cayó a sus pies y un último susurro viajó de su boca al corazón de Hayy. El niño permaneció con ella hasta que el hedor de la putrefacción le hizo columbrar que todo principio tiene su fin. La enterró como había visto hacer a un cuervo con otro. Y así, reflexionando sobre cuento le acontecía, llegó a colegir que debía existir un principio rector. Un Ser Supremo perfecto y eterno que creaba seres imperfectos y finitos.

Cierto día, siendo ya Hayy un hombre consagrado al estudio de la Existencia, recibió una inesperada visita. Absal fondeó su barca en aquella isla, que creía desierta, con la intención de huir de una sociedad que le emponzoñaba. Recuperados de la sorpresa inicial, ambos místicos trabaron una estrecha amistad. Absal enseñó a Hayy la lengua de los hombres y éste le explicó a aquel cómo había ido deduciendo por sí mismo todo cuanto sabía. Absal vio en Hayy a un ser puro que podría cambiar el sino de quien tuviera oídos para escuchar tamaña historia y le convenció para hacerse juntos a la mar.

"Continuará"

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