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Carta del Director/Luz de cobre

La gestión de la crisis

La realidad nos agarrota y nos cinsume aún m,ás cuando conocemos que algún familiar se ha contagiado de coronavirus

El coronavirus ya es una catástrofe humanitaria de consecuencias incalculables. En los hospitales se selecciona a los enfermos -qué profunda tristeza- por su esperanza de vida. Las últimas encuestas conocidas aseguran que más de la mitad de los españoles tienen miedo a perder el empleo. Los datos económicos no contienen, lo miremos por donde lo miremos, mejor pinta. Al contrario. El tsunami que se nos avecina no tiene parangón en la historia de este país e, incluso ya se habla de planes Marshall y de la emisión de eurobonos por la Unión Europea. El estado de alarma en el que nos encontramos, que como muy pronto acabará el 11 de abril, muestra a las claras, sin parches que nos suavicen el dolor, cuál es la realidad de este país. Una realidad que comenzó en China en noviembre y la miramos de lejos como si no fuera con nosotros. Una realidad que llegó a la preocupación cuando conocimos los primeros casos en Europa, en España y en Almería. Una realidad que nos ha introducido de lleno en el ojo del huracán, que nos da miedo, que nos atemoriza y nos sume en la alarma, en la misma medida que conocemos el aumento de casos y el número de fallecidos. Y una realidad que nos agarrota, que nos paraliza, cuando ya conocemos a algún amigo o a algún familiar que lucha cada día frente a la enfermedad o, lo más triste, nos notifican que ha fallecido.

Puedo entender que la ola nos ha pillado a todos desprevenidos. Pero no comparto que aquellos que nos dirigen, aquellos que nos administran, no hayan sabido ver a lo que nos enfrentamos cuando teníamos el caso de China o el de la propia Italia a la vuelta de la esquina, para tomar nota y estar preparados para afrontar con garantías la guerra con "el bicho" que se acercaba. Y es aquí donde se me han caído todos "palos del sombrajo". Es aquí donde me he dado de bruces con la realidad de este país. Es aquí cuando compruebo que al final estamos más cerca del tercermundismo que del mundo desarrollado. Es aquí donde, al margen de la solidaridad de cientos de miles de españoles, observo como es la vecina de la lado, la amiga de enfrente, la que pone su máquina de coser al servicio de la comunidad para hacer mascarillas, ante las carencias mostradas por quienes nos dicen gobernar.

Mal vamos si aquellos que creemos nos van a sacar del atolladero no paran, un día sí y otro también, de magnificar el lenguaje, de acercarse más al belicista que al tranquilizador, al guerrero que al educativo. No me serena lo más mínimo, y es para preocuparse, que adaptamos cada día nuestras palabras a la situación que padecemos. Y es que mucho me temo que todavía hoy, cuando se cumplen dos semanas del estado de alarma, el coronavirus va por delante de nosotros en esta carrera infernal, en la que el premio es la salud y la derrota la muerte. No hay medias tintas. Pero quiero ser optimista.

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