Caravana de hormigas

A gritar

El grito, por naturaleza, es desordenado y en el desorden todos perdemos, cada vez se grita más cerca

Alguno seguramente se lo habrán contando en la barra de algún bar o en el bullicio de una fiesta. En resumidas cuentas, el chiste viene a decir algo así: En un avión repleto de pasajeros sentados y con el cinturón de seguridad echado, aparece caminando desde el fondo un piloto engominado y perfectamente uniformado. Le cubren los ojos unas gruesas gafas oscuras y lo acompaña un perro lazarillo. Ya sentado en la cabina del avión, estrecha la mano a su copiloto, saluda a todo el pasaje por megafonía y, tras advertir lo que es obvio, que efectivamente es ciego, tranquiliza al personal indicando que está perfectamente cualificado para llevarlos sanos y salvos a su destino. Tras un despegue complicado, en el que el avión, agotada la pista, solo levanta el vuelo cuando desde cabina se aprecian los gritos de los viajeros, y una travesía que no lo es menos por idénticos motivos, aterriza en el aeropuerto de destino sin mayor complicación. En ese instante, quitándose la gorra que lleva calada y tras pasarse el dorso de la mano por la frente perlada de sudor, el copiloto, sonriendo, le dice al capitán: ¡ufff, esta vez hemos estado muy cerca, mi capitán! A lo que el intrépido invidente le responde: ¡Joder, si es que cada vez gritan más tarde! Traigo a colación este chiste -mal contado, ya lo sé, pero se podrán imaginar que no es este un registro idóneo que le permita a uno pararse en los detalles que lo harían mínimamente gracioso-, por las semejanzas que detecto en el mismo con la situación de la sociedad que entre todos estamos construyendo. Deslegitimados los partidos políticos -y en gran parte superada la tradicional representatividad por la ensoñación del asamblearismo-, descreídos de la Justicia que emana de la interpretación de las normas y del sistema de control de legalidad de las sentencias judiciales, parece que todo haya de moverse, y lo que es peor, resolverse, en función de lo fuerte que seamos capaces de gritar. ¿Que no suben las pensiones?, a gritar. ¿Que no cambian las leyes?, a gritar. ¿Que no se condena a los delincuentes como la lógica callejera presume que debía de castigarse?, a gritar… Y así hoy se grita a los jueces y a los políticos… Y me pregunto: ¿a quién gritaremos mañana? Porque no podemos olvidar que el grito, por naturaleza, siempre es desordenado. Y en el desorden todos perdemos. Y tomen buena nota porque cada vez se grita más cerca.

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