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El hacedor de melodramas uzbekos

Ya pronosticábamos hace tiempo su defenestración política, la cual llegó. Si no, cuestión de días

Leyendo a Borges, llegas a enterarte de que existió un Imperio donde el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba toda una ciudad. Y el mapa del Imperio toda una provincia. Con el tiempo, esos mapas desmesurados no satisficieron y los colegios de cartógrafos levantaron un mapa del Imperio que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Era el hacedor. Una lección escrita del rigor en la ciencia o, según se mire, del final de la imperfección cuando lo correcto y veraz posa sobre las cosas. Resulta imposible saber cuándo fue la primera vez en que en este mundo aconteció la primera mentira. Ese instante en el que un humano angosto, miles de años atrás, generó un impulso neuronal que le llevó a decir una verdad a medias, una realidad mal contada, buscando con dicha actuación el resguardarse del reproche o rechazo de los que le rodeaban. Su origen pudo ser el miedo a algo, la envidia, o el egoísmo sin más. Sea como fuere, ese día, nuestro ancestro provocó que un señor extraño, inteligente políglota de profesión periodista, pero necio estadista, decenas de centurias después protagonizara desde la capital belga una de las más vergonzosas vivencias de nuestra historia como país. Su heraldo comienza con Puigdemont, después Casamajó. Bautizado como Carles. Ya pronosticábamos hace tiempo su defenestración política, la cual llegó. Si no, cuestión de días. Los tuits robados a su amigo Comín este martes de investidura en el Parlament, fallida por más que la tilden de suspendida, no solo mostraron las malas artes del embaucador, del mentiroso compulsivo. Prueban la falacia del gobernante derrotado, del viperino que nada tiene que ofrecer al prójimo. Generan, incluso, lástima hacia un mendigo del poder, pordiosero de presidencias por falta de escrúpulos y cuentas pendientes con la justicia. Montale, premio nobel de literatura, hablaba de la inquietud que le hacía pensar en las aves de paso que se estrellan contra los faros en las noches de tormenta. La ostia que se ha pegado el ex presidente de Cataluña en estas noches despejadas, por más honores y mascaradas con que pretendan disfrazarla, no me crea ningún desasosiego. Mas bien una gran liberación, la misma que al apagar la televisión cuando te noquea un melodrama uzbeko desclasificado.

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