La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

La hora de cambiar las bodas... ¡por fin!

Hace falta un mando único para los enlaces que acabe con mucha de la parafernalia inútil de estas celebraciones

Cuando el Gobierno quiere acabar con algo o modificarlo de forma sustancial, dice que hay que resignificar el edificio, el proyecto o la iniciativa que sea. Es como los precios, que nunca suben, sino que se actualizan las tarifas. Es lo mismo, pero no es igual. En este Ejecutivo donde todo es márquetin, se usan de pronto términos que sirven para todo como el de resignificar o como el de la resiliencia. Hay que resignificar el Valle de los Caídos, como pronto haremos con el Pazo de Meirás. Hay que alabar la resiliencia de los españoles durante la pandemia, sobre todo de esa selección de empresarios que fueron a la Moncloa al acto de propaganda, cuando en realidad se trataba de ejecutivos. Que no es lo mismo un empresario, que se juega sus jurdeles, que un alto dirigente de esos que ahora se llaman CEO y siempre nos cuentan como corren al alba. Algunos no perdemos la esperanza de que el tal Simón, que será para siempre el rostro de la pandemia como Acebes el del 11-M, recomiende la resignificación de las bodas. Los gobiernos autonómicos nos están volviendo locos. Que si un máximo de 300, que si después de 150. Que si antes barra libre sí, pero ahora no. ¡Hace falta un mando único para las bodas! Es la hora de que alguien imponga cordura y acabe, por ejemplo, con los absurdos regalos para los invitados, que son distintos en función de si son para ellos o para ellas. ¿Y qué me dicen del fotocol, escrito aquí aposta en español? Te hacen pasar por el cartón y te piden el correo para mandarte la foto. ¿Y la manía de beber la cerveza en botellín? Te ves a tiarrones con los tiros largos libando del morro de una botella. Tanto cuidarlo todo desde un año antes, como dicta la sociedad de consumo, para caer en semejante licencia. Todo lo cual, faltaría más, en una casa palacio, la cuadra acondicionada de un cortijito o cualquier inmueble similar. Azarías tiene más categoría bebiendo en Los Santos Inocentes que muchos de los que vemos en estas cuchipandas. Resignifiquemos también los puestos de chucherías donde todo el mundo mete las manos, los dedicados al queso donde los que peor acaban son siempre los de untar, y orillemos de una vez los de comida japonesa. ¡Cuantísima parafernalia nos podemos quitar de encima con una resignificación! Y es un asco poner gambas en una boda, como en cualquier mesa que se precie. El cascareo y los bigotes están reñidos con el decoro. Y qué bien que ahora no haya barras libres, donde todo se torna en una Nochevieja con señores mayores soñolientos que miran cómo bailan los demás. A ver, Simón, estamos a la espera. Resignifique ya que sale el primer autobús de regreso, que es el que menos borrachos lleva.

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