Comunicación (Im)pertinente

Francisco García Marcos

La hora del conocimiento

Todo se solucionará, definitiva y realmente, cuando la ciencia encuentre la llave que desarticule el coronavirus

No sé si tengo la mente para sentarme y escribir. Hace apenas unas horas he recibido la noticia de que el coronavirus ha terminado con la vida de Joan Antoni Paloma Tous en Barcelona. Filólogo, docente, sabio profundo y, antes que nada, hombre de bondad tupida y sin huecos, para mí, además de maestro y amigo, fue un referente humano. Allá donde esté me estará animando a que escriba, como siempre hizo, para leer después todo lo que ha salido de mi teclado, desde que nos cruzamos en un aula de bachillerato. A Joan Antoni le diría que estoy convencido de que las situaciones desesperadas, entre otras cosas, desabrochan las costuras de las sociedades, sobre todo cuando han vivido adormiladas entre la complacencia del bienestar sostenido durante décadas. Después de ellas nada suele ser igual, sobre todo y fundamentalmente porque ponen al descubierto lo más nodal de la vida societaria, por más que no siempre haya sido suficientemente respetado y resguardado. Ya he dicho en estas mismas páginas que, cuando todo pase, deberemos tener memoria para el gigantesco rol social de los sanitarios, para el fundamental sostén de la cotidianidad que aportan los sectores esenciales en su conjunto. Esta crisis nos está enseñando que el resto hasta puede ser prescindible, pero que ellos deben ser innegociables. Hoy quisiera tener un hueco para otros de los protagonistas silenciosos de esta crisis, a los que acuden los medios en busca de la palabra definitiva, del salvoconducto que permita anunciar la buena nueva de que todo ha pasado, o al menos que va a pasar en breve. De repente los medios se han llenado de atención a los científicos, de quienes se espera la palabra salvadora, el salvoconducto para la esperanza. Se trata de algo más que una percepción. Todo se solucionará, definitiva y realmente, cuando la ciencia encuentre la llave que desarticule el coronavirus. Estamos en manos de sus microscopios, de sus modelos, de sus conocimientos y de sus desarrollos. Y deberíamos estar también en manos de sus decisiones. Esa, probablemente, es otra lección para el futuro. No se trata de invocar una tecnocracia ciega y pétrea. Pero sí que esta pavorosa crisis está poniendo de manifiesto que las decisiones trascendentes han de ser adoptadas por quienes en verdad saben acerca de ellas. La ciencia no solo precisa apoyo incondicional en todos los sentidos, sino que merece, más que ser escuchada, establecer criterios de funcionamiento de las sociedades, objetivamente fundados en el conocimiento. Y ello, casi con toda certeza, va a implicar un nuevo orden, antes o después, pero inexorable, a fin de cuentas.

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