En su interior pareciera que se hubiese detenido el tiempo, reinaba un silencio monacal, y el ambiente era de una calma tal, que invitaba a la meditación. Las paredes forradas de madera caoba, oscurecida por los años, daban la calidez y la elegancia necesarias a tan regio tesoro como el que albergaba. Por fuera, sus paredes de piedra erosionada por las inclemencias del tiempo y la polución, no dejaban adivinar la belleza de su interior, como una gran geoda oculta en el seno de una abrupta montaña. Al entrar allí por primera vez siendo solo una niña, tuvo la sensación de que miles de ojos le observaban a través del tiempo y del espacio, y nunca después dejó de sentirlo. Al principio le sobrecogía tanto, que se sentía empequeñecida, pero con el tiempo fue una agradable sensación de compañía, casi de intimidad, con todos aquellos moradores invisibles que la observaban, desde la intemporalidad que da la distancia de los siglos, y ya solo le impresionaba la enorme sabiduría que albergaba aquella capilla Sixtina del saber y del conocimiento. Vagaba muy despacio por los pasillos atestados de lomos de cuero, a los que acariciaba al pasar, como una necesidad imperiosa de transmitirles que ella estaba allí para protegerlos, que velaría su sueño. Muchos de ellos habían sufrido guerras, incendios y saqueos, y tenían marcadas en su piel las huellas de tales avatares. Los cuidaba con el mimo de una madre y la veneración de una discípula fiel. Echando la vista atrás, se dio cuenta de que gran parte de su vida la había pasado entre aquellas paredes, en aquel lugar en el que el tiempo parecía haberse detenido, y sin embargo ella sabía que solo era una ilusión, sus manos temblorosas, o las arrugas que subrepticiamente habían decorado su frente de diminutos surcos, delataban el engaño. En el transcurso de esos años había sido madre de tres varones, que hacía tiempo habían volado lejos, como todos aquellos que la rodearon a lo largo de su vida, sin embargo aquí nada había cambiado, cuando se sumergía entre filósofos griegos, científicos egipcios, artistas del renacimiento, o románticos poetas, se encontraba tan acompañada como una tarde de primavera en El Retiro. La sabiduría condensada en aquel pequeño espacio, se erigía soberbia en el centro de aquella moderna ciudad que vivía a ritmo vertiginoso, constituyendo una isla que emergía dentro del mar helado de la tecnología imperante. Cierto que gracias a los avances de la ciencia el ser humano había ido dejando gran parte de sus limitaciones terrenales, nadie como ella lo sabía, en sus muchos años el mundo que la vio nacer había cambiado tanto que era irreconocible, sin embargo, cuando tomaba entre sus manos uno de aquellos libros escritos más de dos mil años antes, podía sentir los latidos de la mano que desplazaba la pluma sobre el mismo papel que acariciaba con sus dedos.

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