Nuestro legado

La vida nos vuelve a poner frente al espejo y nos emplaza a mirarnos una vez más ante nuestros propios demonios

Hace unas semanas, antes de que el mundo nos arrojase ante esta barbarie llamada Pandemia, escribía unas líneas sobre cómo morían nuestros ancianos en los cajeros, a raíz del fallecimiento de un hombre en situación de desamparo en nuestras calles. Pero, poco o nada podía decir. La vida nos vuelve a poner frente al espejo y nos emplaza a mirarnos una vez más ante nuestros propios demonios. El ser humano se mueve con la misma rapidez que olvida su memoria. Primero, con el desdén que hemos mostrado al no implicarse la ciudadanía en uno de los grandes problemas que nos abordará a medio y largo plazo, las pensiones. Y ahora, con esta crisis sanitaria, el permitir que nuestros mayores sean, una vez más, carne de cañón. Parece que se nos ha olvidado que nuestros padres y nuestros abuelos son parte de esa sociedad que hoy despreciamos con desdén. Que parte de nuestra sangre ha sido concebida gracias a ellos y a su trabajo. Que fueron ellos quienes nos amamantaron y nos dieron todo lo que somos ahora y este bendito país que se nos deshace entre las manos. Lo mismo hacemos con nuestra historia. La aniquilamos porque creemos que el futuro que vendrá es y será mejor que aquello. Y sin embargo, nos estamos ahogando en las mismas cenizas que nosotros mismos hemos creado. Primero, por nuestra falta de implicación en todos aquellos asuntos que a la política de nuestro país nos concierne. En segundo lugar, porque en ningún momento hemos levantado ni un solo dedo para defenderlo. Y ahora asistimos imberbes a que la Europa del Norte, la que ha hecho la tarea, nos ayude, cuando en nuestra implicación en la norma y en el deber de ser exigentes hemos fracasado. Nunca lo intentamos. Nos conformamos con ser sus sirvientes, mientas que cara al sol, un lunes más, no volvemos a salir a la calle. Esta es la memoria del ayer. La lapidación de todo aquello por lo que lucharon y murieron nuestros mayores, los mismos a los que hoy dejamos solos, abandonados en las residencias, pudriéndose de COVID-19, agonizando y apestados como si fueran indignos, como si ya no sirvieran para nada. Y sin embargo lo son todo. Quizás, habría que preguntarse dónde hemos fallado como hijos, como padres, pues el futuro que nos depara es el mismo con el que nosotros hemos hendido la espada en la espalda de nuestro padre y de nuestra madre.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios