República de las Letras

La ley es la ley

Hacen falta inspecciones y sanciones ejemplares, sí. Y que nadie nos venga con que se amenaza la creación de empleo

Lo de la precariedad laboral no es más que una fórmula, una frase hecha, un término coloquial, a los que tan aficionados somos en esta época, que nos facilita hablar del hecho inhumano de que un trabajador venda su capacidad de trabajo a cambio de un salario miserable. La mitad de la clase trabajadora española es precaria. Una criatura de veinte o treinta años, en la flor de la vida, quizá con estudios incluso superiores, tiene que emplearse de camarero a turno partido, quince horas diarias, por 800 euros, previa firma de un contrato de media jornada, que son cuatro horas al día. Eso es precariedad laboral. Pero ¿sólo precariedad laboral? De manera que un empresario le dice al Estado, a Hacienda sobre todo, que ha contratado a un muchacho a media jornada pero en realidad lo explota haciéndole trabajar, no cuatro, sino quince horas, y si el trabajador no corrobora esa mentira, ese fraude, con su firma, no lo contrata. Es decir, si exige el cumplimiento de la ley, no trabaja. A eso se le llama corrupción -no sólo fraude fiscal: corrupción-, pues LA LEY ES LA LEY, dijo Rajoy. Y las leyes se hacen para ser cumplidas. LA LEY ES IGUAL PARA TODOS, dijo Juan Carlos I. ¿Todas las leyes o sólo algunas? ¿Para todos o sólo para ciertas clases?

Naturalmente, para que la ley se cumpla hace falta la fuerza coercitiva del Estado. En este caso, inspectores de trabajo. Pero en esto, como en la lucha contra el dinero negro o contra el fraude fiscal, ya se sabe que el Estado tiene que transigir, hacer la vista gorda, pues si pone a los inspectores que tiene -que no son pocos, se diga lo que se diga- a trabajar a cara de perro, tendrían que empapelar, sólo en Almería, a diez o doce empresas diarias cada uno. Y mientras, el trabajador pierde no sólo dinero, sino -y sobre todo- dignidad. Dignidad porque el maltrato salarial lleva fácilmente al maltrato personal. No son pocos los casos, incluso de empresas de mediana importancia, en que los trabajadores y trabajadoras prefieren despedirse antes que seguir aguantándole al jefe sus impertinencias y malos modos.

Hacen falta inspectores, inspecciones, sanciones ejemplares, sí. Y que nadie nos venga con que se amenaza la creación de empleo, pues no se puede supeditar el empleo a la corrupción, sea esta la que sea. Por una razón rajoyniana: LA LEY ES LA LEY.

Y hacen falta unos verdaderos sindicatos, no los que ahora hay. Buen verano.

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