Mientras el mundo gira

ANDRÉS CAPARRÓS

Y lloverá sobre mis pasos (I)

No sé cómo ni dónde acabaré mis días, pero sí sé cómo y dónde empezaron. Yo estuve allí. Fue, en un pueblo junto a la mar, "de cuyo nombre, a veces, no quiero acordarme". Una mar que rugía monstruosamente mientras ocurría el suceso más importante de mi vida.

Por mi torpeza, probablemente, la partera, no supo evitar el riesgo de que naciera ahorcándome con el cordón umbilical. El oleaje bronco del levante fue el primer sonido que registró mi memoria. Era de apremio, de peligro, de angustia, de mal agüero. Marcó mi vida con esa sensación ansiosa que produce un estado de emergencia. Tres noches con sus tres días estuve, recién nacido, en la UCI de los brazos de mi madre. Fue la primera de las tres veces que luchó por mí, contra mi muerte y la venció. Era el trece de enero de 1944.

Cuando en la tarde del segundo día empecé a respirar como Dios manda, mi padre escribió muy despacio sobre una cuartilla mi partida de nacimiento. No era notario, ni rey. Pero con la seriedad de uno y la solemnidad de otro, dejó constancia letra a letra de que yo había nacido. Intuí que mis padres estaban ya tranquilos y contentos porque, de pronto, la voz de la mar no era un grito inquietante sino un susurro, un arrullo, una rítmica canción de cuna sobre la arena a poco más de cien metro de mi casa. Estoy diciendo que tuve dos madres. Rosa, la biológica; la mar, la adoptiva. La primera me adiestró con su ejemplo en el oficio de la lucha por la supervivencia; de la segunda aprendí a escuchar y entender el silencio entre olas, a afinar el canto en el diapasón del oleaje, a acordar el tono de la voz con las notas que dan las calmas o las tempestades. El viento o la brisa fueron los atriles de las partituras de todas las coplas de Antonio Molina. Al acabar los conciertos de aquella estrella de seis años, Neptuno emergía a pocos metros de la orilla. Me asustaban su seriedad y su tridente, su real barba negra entreverada de canas y de algas. Se me hacía eterno el tiempo, angustiado por la imponente figura... hasta que desarrugaba su entrecejo, levantaba el tridente a media altura y me sonreía a modo de despedida. Entonces, súbitamente, como había aparecido, desaparecía. Ocurrió, a veces.

¿A quién podía contar lo ocurrido? A nadie más que a mi mejor amigo, Melchor, El de La Chula. No me tomaba en serio, pero su risa y su brazo sobre mi hombro me ponían el corazón contento. Cómo serían aquellos momentos de nuestras risas y de nuestro cariño, que cada vez que lo recuerdo, después de más de setenta años, parece que está pasando. Y la nostalgia se anuda en mi garganta.

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