Metafóricamente hablando

Un lugar para perderse y soñar

El día era espléndido, un sol radiante iluminaba las cimas de los montes, cubiertos de un fino manto verde, como muestra de agradecimiento que la tierra reseca ofrecía a sus ojos, tras las lluvias otoñales. Una leve brisa acariciaba el rostro de Marlene, podía sentir en sus labios el sabor salobre del mar, entremezclado con el perfume del tomillo, del romero y de otras plantas aromáticas del lugar, que el aire aún cálido cargaba en su seno. Desde niña venia en los veranos, acompañada de sus padres, enamorados para siempre del pueblo, del clima, del mar y de sus gentes. Lo descubrieron en los sesenta, cuando España se abría al turismo, y los extranjeros encontraron la belleza que encerraba en su interior, y sobre todo, en su costa. El turismo aportó divisas al país, y los privilegiados que vinieron, disfrutaron de su belleza casi sin restricciones. Cerró los ojos y apretó la taza de café humeante entre sus finos y delicados dedos, sus padres, unos locos románticos hijos de mayo del 68, se enamoraron de este lugar, y cuando ella nació compraron una pequeña finca cerca del mar, para seguir disfrutando de su paraíso escondido. Miró hacia el mar, su mar de adopción, el mar de su infancia, estaba tranquilo, de un azul intenso que se confundía con el cielo en el horizonte, y recordó aquellas playas casi vírgenes, en las que su madre y otras mujeres extranjeras paseaban sus vergüenzas, haciendo topless e incluso nudismo, ante el estupor de sus vecinos. Mujeres tapadas hasta los tobillos, cubiertas sus cabezas con pañuelos, acarreaban cántaras desde las fuentes, ajenas a cuanto aconteciera en la playa. Los jóvenes acudían como moscas al pastel, por si "podían pillar cacho" de algo que les estaba vedado. No pudo contener la risa ante los recuerdos de su adolescencia, soltó el ramillete de flores que había recogido, las puso en el jarrón de cerámica que adornaba la mesa de madera, y se dispuso a recoger las hortalizas de su pequeña huerta. Sus manos agrietadas por el polvo y el sol eran el mínimo tributo que debía pagar a una tierra generosa, que le proporcionaba tanto placer como bienestar. Nunca renegó de su país de origen, pero jamás habría renunciado a este, hacía tiempo que se afincó aquí, la felicidad para ella era sinónimo de este rincón oculto entre lomas de origen volcánico, bañadas sus orillas por un mar calmo, era aquí donde quería descansar cuando volviera al polvo del que todos partimos, para confundirse con la tierra y la arena de sus playas, para ser lamida por las olas, para nutrir las flores de las jaras, y del tomillo, para formar parte del paraíso que un día descubrieron sus padres, y le transmitieron a ella, el lugar donde sus hijos también habían encontrado la felicidad. Un pueblecito dibujado en el mapa, un paraíso grabado en su piel, un lugar donde perderse y soñar con no ser encontrado jamás.

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