Comunicación (im)perinente

Francisco García Marcos

Los mensajes sociales elípticos

Sigo sin entender como la lucha radical contra las drogas no es una cuestión de estado

El ayuntamiento de Barcelona ha tenido que dedicar 3,3 M para intentar devolverle el Raval a la ciudad, actualmente en manos de los narcotraficantes. Se trata de una de las zonas más históricas y emblemáticas de Barcelona, convertida en pasto de las drogas y sus derivados, intransitable, insufrible, ausente de la vida urbana y convertida de facto en un gueto.

El caso del Raval ilustra una de las consecuencias colectivas del mundo oscuro y sórdido de las sustancias. Lo peor es que, a fuerza de cotidianidad, ha terminado por convertirse en un consabido, como si fuera algo poco menos que consustancial a nuestro tiempo, casi inevitable. Tanto es así, que circulan como un mensaje subyacente, similar a los sujetos elípticos de las oraciones que no están formalmente presentes, pero laten siempre en su trasfondo.

Las drogas, además, cuentan con sus profetas que periódicamente saltan a los medios para administrar la pertinente dosis apologética. Los hay de variado pelaje moral e intelectual, lo que origina una ostensible diversidad de argumentos. Escohotado, filósofo oficial, desplegó una refulgente justificación histórico-ideológica que, no obstante, concluía en dominios mucho más mundanos, cuando aconsejaba a los padres compartir estupefacientes con sus hijos, como una forma de educación. Verónica Forqué, por su parte, optaba por una versión naif del consumo, algo así como un aditamento simpático y cuco para una vida desenfadada. Son dos ejemplos de entre una legión de prospectos encomiásticos, entre los que se incluye una buena ración de fakes, como su indiscriminado valor terapéutico.

A mí, en todo caso, me gustaría que la otra parte de esta historia aflorara con mayor frecuencia. Hay gente que tiene mucho que contar y, de paso, que hacernos reflexionar a los demás. Hay familias que han visto como las drogas secuestraban a los suyos, les destrozaban la vida o hasta los mataban. Hay psicólogos y educadores que las encaran en primera línea, tratando de reconducir a críos que han perdido el rumbo de la vida por su culpa. Hay pensadores que denuncian la alienación que implican entre quienes, en principio, debieran nutrir las capas más activas de las sociedades. Hay, incluso, alcaldesas que quieren recuperar una parte de su ciudad.

Sigo sin entender como la lucha radical contra las drogas no es una cuestión de estado, en la que pongan el máximo empeño todos los actores políticos. Mientras sigan siendo un mensaje social elíptico, continuarán moviendo sumas ingentes de dinero, a costa de provocar el descarrilamiento de las vidas.

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