La tapia del manicomio

Un mínimo de educación

La falta de educación avergonzaba al que la sufría. Ahora parece que lo tienen como un timbre de gloria

Hemos pasado la semana pendientes, no de las procesiones ni de las incertidumbres meteorológicas, sino de algo mucho más trascendente: la ristra de coces que se ha entretenido en pegar un individuo que dice ser y llamarse Diego Costa. Como el fútbol no es una de nuestras mayores preocupaciones, nos hemos puesto a hurgar en las páginas deportivas de los diarios y en las vociferantes tertulias deportivas (no más vociferantes que el resto de tertulias, por otra parte). Y hemos encontrado que el tal Costa acumula una larga trayectoria de broncas, pataletas, desplantes e insultos. Ignoramos el motivo de su actual encabrone, pero la causa es lo de menos, lo relevante son las malas formas, y lo de malas es un eufemismo suave. Que un individuo que gana un cerro de millones por temporada a sus treinta años, se permita tales modales es un "contradios". Ni ha tenido tiempo en treinta años de adquirir algo de educación, ni tiene el más mínimo respeto por nadie, ni siquiera por los que le han dado a ganar esos millones. Y encima hay quien lo justifica.

La verdad es que el susodicho pelotero es un ejemplo más -brillante, eso sí- de lo que abunda tanto en la vida pública diaria. Hasta ahora, la falta de educación avergonzaba al que la padecía y procuraba disimular. Para muchas personas ahora parece que lo tienen como un timbre de gloria y, por tanto, se enorgullecen de ello. Por ejemplo, el empleo de lenguaje barriobajero -huero de contenido- en las campañas electorales; el desparpajo con que se berrean estupideces, ya sea en la cola del súper o en el metro; o ir desharrapado al Congreso de los Diputados. A este respecto, hay una anécdota ocurrida en las Cortes Constituyentes. La Pasionaria presidía la mesa de edad y una diputada pidió que se bajara el aire acondicionado, porque sentía frío. Dolores Ibárruri le contestó que eso le pasaba por ir al Congreso vestida inadecuadamente. Respeto a la institución se llama eso, y recalquemos que Dolores era comunista de toda la vida, no duquesa ni banquera. El respeto viene de la educación, por eso es una lástima que nos gastemos todos los años cincuenta y pico mil millones de nuestros impuestos (más el gasto privado) en Educación (con mayúsculas) para que no nos de ni para un mínimo de educación (con minúscula). Y encima les ríen la gracia a los maleducados, majaderos y chulos.

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