La modernidad parisién

Este constructo teórico ha permitido la vigencia de un estilo durante más de un siglo como referente único de la modernidad

Hace unos días, mi amigo Pérez Siquier me obsequió con un grueso volumen de su biblioteca, lujosa edición de los años sesenta; la Historia de la Pintura de los siglos XIX y XX de Raymon Cogniat, traducida al español. Cogniat fue un crítico e historiador del arte francés, muy influyente y poderoso, con importantes cargos públicos en el Ministerio de Cultura de Malraux y responsable de arte en Le Fígaro hasta su fallecimiento. Ojeando el gran volumen, donde el arte francés es omnipresente en todos sus capítulos, desde todo el XIX -con el Romanticismo, Realismo e Impresionismo- y el XX con la sucesión de vanguardias - Fauvismo, Cubismo, Expresionismo-, parece no existir otra escuela que no sea la francesa y se evidencia a las claras esa construcción intelectual de la modernidad concebida desde Francia casi como una predestinación, como una misión universal, teleológica, evolutiva e infalible, de faro iluminador. Leyendo algunas de sus páginas al azar, esta historia rezuma un nacionalismo radical, hasta el punto de que los autores no franceses analizados se estudian en razón de ser precursores o continuadores de lo francés. Así, por ejemplo, Goya se valora por anticiparse al "Impresionismo y al Expresionismo", el "único autor reseñable en todo el XIX español". Ya han pasado muchos años e, incluso, otras vanguardias artísticas más acontecieron con posterioridad a la publicación, pero resulta aleccionador ver como hace ya medio siglo los franceses -y por extensión, la comunidad de historiadores del arte contemporáneo que les han comprado mansamente sus tesis- lo tenían todo muy claro, con un discurso sin fisuras, perfectamente construido, en el que vanguardia y francés iban muy prestigiosamente de la mano. Este constructo teórico ha permitido la vigencia de un estilo, el parisién -que se define ya perfectamente en la obra de Cezanne, Gaugin y Van Gogh-, durante más de un siglo como referente único de la modernidad, propiciando legiones y legiones de pintores, en todos los países del mundo desarrollado, seducidos y deslumbrados, tristes epígonos etiquetados como "Escuela de París". El caso español es especialmente sangrante, pues con nuestro ancestral complejo de inferioridad nunca supimos valorar y posicionar nuestro arte más auténtico; el de la veta realista que ya surge en Altamira y desde el tardogótico con Bartolomé Bermejo alumbra el siglo de Oro con Velázquez y Zurbarán, se expande al infinito con Goya y se renueva esplendoroso, ya en el XX, con figuras como Sorolla o Zuloaga.

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