Un monumento más duradero que el bronce

Un buen discurso levanta la moral de los ciudadanos y perpetúa la imagen del gobernante, pero no basta si debajo no hay nada más

Todo gobernante sabe que, para bien o para mal, su nombre pasará a la Historia. Ya hablaba Homero de que las generaciones de los seres humanos son efímeras como las hojas de los árboles: necesitamos pensar que una parte de nosotros sobrevivirá a nuestro paso por el planeta, aunque sea en el recuerdo de quienes nos sigan. Por eso, cuando a Aquiles le ofrecieron tener una vida larga y anónima o una famosa y breve, no lo dudó y todavía hoy somos capaces de revivir o acaso intuir sus hazañas. También por eso, los romanos tenían un castigo especial para quienes habían cometido tropelías especialmente señaladas: la "damnatio memoriae", borrar de todos los testimonios el nombre de una persona para que de ella no quedara ni la idea de que alguna vez existió.

En tiempos de incertidumbre, desasosiego y crisis, todas las miradas se vuelven a quien tiene la vara de mando, sea para celebrar que la posee, lamentarlo o buscar un reducto de seguridad que ofrezca algo de luz a las tinieblas del alma. Es fácil gobernar en tiempos de bonanza, pero tomar decisiones, arrostrar sus consecuencias y llevar la nave del Estado a buen puerto no lo es. El poder necesita garantizarse la obediencia y justificar su existencia. No bastan para esto las normas y leyes: hace falta, además, persuasión y comunicación. Hace falta dominar el arte de la Retórica.

Un buen discurso levanta la moral de los ciudadanos y perpetúa la imagen del gobernante más allá de los límites de su vida, pero no basta si por debajo no hay nada más. Pericles le dio a Atenas un motivo para seguir luchando contra los espartanos y la epidemia; Cicerón denunció una conjura que amenazaba a la República misma; Churchill ofreció la victoria a través del dolor; Martin Luther King fue la voz de los que no la tenían. Conquistaron la inmortalidad porque, bajo sus vibrantes palabras, latían convicciones y compromisos: citando a Horacio, levantaron un monumento más duradero que el bronce. Es la hora de los buenos oradores, esos que, además de pronunciar bien los discursos que otros les escriben, gobiernan con todos y para todos. Si quieren su propio monumento, necesitan nuestros gobernantes algo más que remedar a Obama o hacerse un Kennedy, algo más que grandilocuencia, gestos y entonaciones de laboratorio. Deben decidir, convencer de lo justo de sus decisiones, aceptar las consecuencias y olvidarse de la fama: eso es cosa nuestra.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios