Metafóricamente hablando

Antonia Amate

Algo se muere en el alma....

Hoy no hay metáfora, desnudo mi mano siniestra del suave guante que la envuelve cuando escribo, y hablo alto y claro. Siempre me encontré orgullosa de mi país, rico en lenguas, culturas, fiestas y gastronomía, producto de toda una historia común de guerras, armisticios, bodas reales y alianzas. Me encanta viajar por la cremallera dentada de la frontera que recorre España de norte a sur, que la separa y une a la vez con Portugal. Me siento bien dentro de esta piel de toro que nos recoge en su contorno, disfruto tanto escuchando la gaita, tomando sidra mientras hablan gallego sus parroquianos, degustando un vermut en las ramblas de la Barcelona de Gaudí, aunque me pregunten en catalán que voy a tomar, como escuchando un concierto en Euskera, cuando quedamos con nuestros amigos poetas en Bilbao. Si algo bueno tiene nuestro país es esa riqueza que encierra en su seno, que nos identifica y nos une en un mosaico de culturas diversas, una historia y una lengua común. Lengua que no es más que un instrumento de comunicación y no una frontera. En los años setenta, cuando muchos de los hombres y mujeres coetáneos, estudiábamos en la Universidad de Granada, ciudad cosmopolita donde las hubiera, tuve el privilegio de compartir pisos y estudios con Costarricenses, Marroquíes, Palestinos, Franceses y Alemanes, entre otros. En esos años aprendimos a degustar tés, ponernos henna, khol, y chilabas, descubrimos que además de los quesitos, existía el roquefort y el camembert, de traca era cuando invitábamos a comer al amigo Ulrick, que venía a un piso de estudiantes con su botella de vino bueno y un ramo de flores, como buen alemán. Esa multiculturalidad, nos daba una dimensión infinita, aprendíamos ávidos unos de otros, adoptando nuevos gustos y costumbres, que hasta el día de hoy mantenemos. Hace unos días escuchaba la noticia de que, en torno a un 70% de estudiantes universitarios optaban a las becas Erasmus, lo que les permitía vivir en otros países y explorar nuevas formas de vida, proyectos empresariales, y futuras relaciones familiares fuera del entorno en el que habían crecido. Quien nos iba a decir, cuando al acabar el curso bajábamos del Sacromonte, de madrugada, hartos de bailar en las fiestas que las facultades organizaban para sufragar los gastos de los viajes de fin de carrera, siempre abrazados a nuestros amigos extranjeros, y cantábamos a voz en grito esa sevillana tan granaína: "algo se muere en el alma, cuando un amigo se va", que transcurridos casi cincuenta años, el "y viva España, de Manolo Escobar" se iba a convertir en el himno nacional. Hoy viene a mi recuerdo un libro que leí por esas fechas de Bertold Brech, cuyo personaje, decía algo así como, "yo no soy nacionalista, me hacen nacionalista los estúpidos".

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