A la luz del día

Dos niñas cambiadas

El cambio de dos recién nacidos puede ser fruto de un error negligente, pero también de una intención premeditada

Cambiar dos recién nacidos puede ser consecuencia de un descuidado y negligente error, aunque también de una intención premeditada. Se ha difundido estos días cómo dos niñas, llevadas nadas más nacer a la incubadora por su reducido peso, se entregaron a padres que no correspondían. Así ocurrió el año 2002 y, a los quince años de edad, una de las dos niñas, que tuvo peor suerte -nadie elige a los padres que tiene, pero algo de suerte o, si se quiere, de sino, ha de haber con respecto al tipo de progenitores que dan la vida-, supo que ni su padre, ni su padre, ni su abuela materna, bajo cuya tutela quedó y con la que continúa viviendo, eran tales. Además de argumento cinematográfico, esta situación conlleva una drástica quiebra de la filiación que altera y conturba, cerca ahora de cumplir veinte años, incluso aunque el amor de los padres no haya merecido siempre ese nombre. La historia, por otra parte, ofrece relatos donde el cambio de hijos recién nacidos obedece a otro propósito. Así se cuenta de un destacado rey medieval, de mediados del siglo XIV, Pedro I, que, por reunir dos títulos opuestos, no habría de responder genuinamente a ninguno de ellos: el Cruel y el Justiciero. Su padre, Alfonso XI, no conseguía tener un hijo varón con la reina María de Portugal, pero juntaba bastardos, hasta diez, con la influyente y poderosa concubina Leonor de Guzmán. Uno de estos fue, tras asesinar a su hermano Pedro I, el rey Enrique II. Parece que inclinado a la propaganda, e incluso a una presentista memoria histórica, con el concurso del romancero, a fin de denigrar, antes del regicidio, tanto a su hermano como a la descendencia que tuvo y podía reclamar derechos sucesorios, ante la usurpación del trono por el hermanastro del rey don Pedro. De ahí la cantinela de los "emperogilados", término con el que se designa al rey y sus descendientes por sostener que, realmente, Pedro I era hijo de un judío, de nombre Pero Gil, cambiado por una niña que nació, en las mismas fechas, de Alfonso XI y María de Portugal, sin que con ello se garantizara la sucesión en el trono por un varón. Relato de una propaganda "antipetrista" que Enrique II de Trastámara ideó -junto a otras razones, como la crueldad, la tiranía o la lujuria de Pedro I- para legitimar la muerte que había de darle y así ocupar el trono. Las dos niñas cambiadas en un antiguo hospital de Logroño no participan de la leyenda, sino de un error cuyos efectos corregirán poco los litigios del resarcimiento.

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