Utopías posibles

Una noche cualquiera

No vale tampoco el discurso del "pobrecito" agresor, que no sabe relacionarse o tiene problemas de otra índole

Andrea decidió irse de fiesta. Aparcó su coche lejos del centro, y cogió el autobús. Iba vestida con unos pantalones cortos, una camiseta de tirantes, unas zapatillas de deporte y una mochila. Durante las fiestas, varios chicos la agarraron de la cintura para preguntarle la hora, o en qué plaza estaban, pero el problema real comenzó en el momento de volver a casa, a las tres y media de la mañana, andando sola.

Varios grupos de chicos se dirigieron a ella, le preguntaron qué hacía sola, que fuera con ellos, entre risas. Sacó su móvil y pidió a dos amigos si podía ir hablando con ellos porque no se sentía segura, y uno de ellos se ofreció a que le llamara durante todo el trayecto. A continuación, otros grupos le decían cosas que ella ignoraba, y un par de chicos le pidieron sacar una foto de los dos. Les hizo la foto y se pusieron a hablar con ella. Le propusieron acompañarla hasta el coche si luego les llevaba donde dijeran. Ante su cara de sorpresa, terminaron diciendo que se fuera con ellos.

Gracias a un carrito de limpieza, consiguió irse sin que pudieran decirle nada, aunque muy nerviosa. En el autobús hacia el coche, tuvo que soportar cómo varios chicos le preguntaban si iba sola. Una vez que se bajó del autobús, pararon tres vehículos a su lado ofreciéndole dinero a cambio de llevarla donde quisiera. La odisea terminó con Andrea entrando en su coche, entre lágrimas de impotencia, miedo y rabia. Esta historia real nos muestra una situación que esta vez ha tenido un final feliz, pero absolutamente insoportable.

Es muy preocupante que una joven tenga que aguantar alrededor de trece situaciones incómodas en una sola noche. La escuela, las familias y la sociedad no pueden permitirse que esto siga sucediendo. Es cosa de todas y todos. En casa, en la escuela, en el patio, en el aula, en el parque o con amigos es imprescindible no reír la gracia nunca, no pensar que "son cosas de niños", ni quitar importancia.

Levantarle la falda a una niña, hacer comentarios machistas, tocar sin permiso, intimidar, coaccionar… merecen una respuesta clara y contundente, independientemente de que el agresor tenga 3 años de edad, 15 ó 50. No vale tampoco el discurso del "pobrecito" agresor, que no sabe relacionarse o tiene problemas de otra índole. No puede ser que una noche cualquiera muchas mujeres, en muchos lugares, sigan hoy sintiendo miedo, desprotección e inseguridad.

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