El ocaso de los Parlamentos

No está bien que callejear pancartas o balconear banderas sustituya a la dialéctica parlamentaria

Se abre paso la sensación, pero como algo natural, de que la política más efectiva es la que se hace en la calle, desde los medios, a través de las redes, entre bambalinas de restaurantes o acudiendo a una manifestación. Formas y lugares, todos ellos, distintos de los que la historia y los manuales del buen gobierno democrático, prevén que deben los políticos honrar su hacer político: en los Parlamentos. No es que esté mal que también se haga política en la calle o en los medios. Pero lo que no está bien, es que ese modo de politiquear, incitando a la gente a balconear banderas, callejear pancartas o habilitando mesas de ocasión, sustituya a la dialéctica parlamentaria. Y está ocurriendo. Es como un declive sistémico, que se extiende sin apenas percepción ni reproche social, aunque la deriva, tal vez, favorezca institucionalizar un modo de presión que se acerca, si es que no representa ya, un populismo muy peligroso: el de las urgencias, en el que apenas da tiempo a saber ni quién ni por qué se toman decisiones. Además de que propicia cierta sacralización de la ocurrencia o esa presión oportunista que carcome la democracia. Al menos la democracia seria, digo, la entendida como un proceso sosegado y continuo de reflexión, tanto de la ciudadanía como de sus políticos, para depurar y seleccionar la regeneración de las potencias cívicas, de los recursos éticos, económicos o históricos que, en cada tiempo (y todos los tiempos son tan cambiantes como las brisas o el oleaje) exige la convivencia en paz y el reto del progreso social. Para debatir sobre todo ello, el lugar idóneo no es otro que un Parlamento, al que los ciudadanos escuchemos con respeto (ganado, no regalado). Por eso, al ver ciertas tensiones sociales, sea la huelga de taxis, como la de jueces, (que también sucumben, ay, a la malsana tentación de presionar en las espinillas de los justiciables), me pregunto por el porqué de tal deriva. Y la respuesta, quizá tenga que ver con la percepción social de la (in)eficacia y/o la (in)asistencia de los Partidos a la hora de viabilizar y dar respuesta parlamentaria a sensibilidades colectivas. Porque ¿acaso no son dignos de debate parlamentario, y habilitación de soluciones racionales, las reivindicaciones, tan aparentemente legítimas, como las de jueces o el transporte? Por ejemplo. Lo único seguro es que trasladar la función parlamentaria a la calle, no augura nada bueno.

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