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A Son de Mar

INMACULADA URÁN /JAVIER FORNIELES

Un país sin rumbo

Otros lo llevan peor, restringen las apariciones en público, prefieren trabajar lejos de los focos

Hay anécdotas reveladoras. El otro día Pedro Sánchez no reconocía la abreviatura de megabytes en el discurso y salía del apuro como buenamente podía. Lo significativo es que la misma persona que segundos antes explicaba a los asistentes el 5G y las maravillas de la tecnología que aguardan a este país, de pronto mostraba que era solo un actor, un tipo que leía un papel. El líder lleno de energía, seguro de sí mismo, que va a conducirnos a la tierra prometida, se transformaba en alguien que no tenía ni idea de lo que estaba comentando. Le ha ocurrido a Sánchez como le puede ocurrir a cualquiera. Esa es la tragedia que acompaña a quienes desempeñan cualquier puesto en la vida pública. Un presidente, un consejero, un delegado, cada vez que suben a un escenario saben que representan una comedia. Exhiben una seguridad o unos conocimientos que no tienen, pero deben mantener la pose sin desfallecer un segundo. Las consecuencias psicológicas son devastadoras. Unos se instalan en la ficción y parece que solo disfrutan cuando están representando su papel. Es el caso de Revilla o de Rivera. Otros lo llevan peor, restringen las apariciones en público, prefieren trabajar lejos de los focos, atrapados por lo que en política se llama el síndrome de la Moncloa. Ahora, en momentos como los actuales en Cataluña, la farsa se acentúa. La presión psicológica es brutal y el desequilibrio acecha en cada comparecencia pública. Los líderes fingen controlar la situación y van dando tumbos, pendientes de la televisión, sin más proyecto que aguantar el tipo hasta noviembre. Hablan de unidad o de cambios legales y nos aseguran que las soluciones se encuentran, como el 5G, a la vuelta de la esquina. Mientras, como si fuera el Tenorio, policía y manifestantes representan en la calle la misma función ante las cámaras que realmente importan, las de la televisión.

Seguimos sin tener un plan sensato, consensuado, y todo se improvisa. Por eso, al final, el andamio, levantado solo para ir ganando las próximas votaciones, de pronto se viene abajo, y se descubre lo que uno siempre sospecha, que no se tiene el control de nada. Ese día solo queda irse de copas, como Rajoy, para aliviar el dolor que supone cambiar de piel y de personaje, mientras eligen ya a otro actor para improvisar la función. Pero los problemas reales que nos acechan siguen sin resolver.

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