Comunicación (im)perinente

Francisco García Marcos

El poder de no comunicar

El pasado jueves, Kimi Raikonnen comunicó su retirada oficial de la Fórmula 1. Atrás deja una prolongada carrera que inició hace dos décadas, en el Gran Premio de Australia de 2001, a los mandos de un Sauber, con el que obtuvo buenos resultados. Desde su debut mostró cualidades que confirmó a lo largo de una larga trayectoria. De indudable talento, al año siguiente, 2002, ya estaba en McClaren, una de las escuderías históricas, en la que se mantendría hasta 2006. En ese período luchó por el campeonato cediendo ante dos mitos, Michael Schumacher en 2004 y Fernando Alonso en 2005. En 2007 pasa a Ferrari, los albaceas del glamur en el automovilismo, donde obtiene el campeonato. Después hizo un poco de todo, con incursiones en los rallyes, marcha a Lotus, vuelta a Ferrari y, ya en época reciente, a Alfa-Romeo. Así completó un más que notable palmarés, con 21 victorias, 103 podios y 18 poles. Además, es el piloto con más carreras disputadas en la Fórmula 1. No son cifras al alcance de cualquiera.

Pero Raikonnen es también conocido por su singular gestión de sus relaciones con los medios de comunicación. En el mundillo del motor es conocido como The Iceman, y no precisamente por ser finés, sino por su trato, roqueño, frío e impenetrable, con los periodistas. El caso es que Kimi no los elude. Nunca ha protagonizado episodios intrincados para evitarlos. Al contrario, cuando lo requieren comparece ante ellos. Solo que responde con un monosílabo, no está interesado en las cuestiones que le proponen, no se las ha planteado nunca, o carece de opinión concreta al respecto. Tanta es la distante frialdad del piloto que ha terminado por convertirse en tranding topic entre los aficionados.

La figura de Raikonnen es más que ilustrativa de cómo funcionan los grandes mecanismos de comunicación de masas. En principio, está situado en la antítesis más radical al aura mediática que rodea al deportista de élite. Nada que ver con sus compañeros referentes de causas solidarias, emblemas de firmas deportivas, polemistas sociales y políticos o, sencillamente, reclamos mundiales de publicidad. Raikonnen encarna al deportista quintaesenciado, un modelo en cierto modo arcaico y sobrepasado por el tiempo. Se limita a hacer su trabajo, que es correr más que los demás, y el resto parece no importar. Todo eso, además, está rodeado de un salvoconducto de veracidad: no es una pose, realmente es así.

Justo por todo eso se ha convertido en un emblema. Hay en ello una cierta paradoja, sin duda, aunque es solo aparente. Con su actitud, alejándose de los medios, ha conseguido singularizarse respecto de los demás. Esa identidad distinta, precisamente, lo ha hecho más atractivo para esos mismo medios que vuelven su foco hacia él. Quizá eso invoque a cierta desesperanza. Parece haber dinámicas de las que es imposible huir, ni tan siquiera proponiéndoselo. Aunque, probablemente, Kimi también tenga la solución: lo mejor es no prestar la más mínima atención, nunca.

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