Una propuesta para el año nuevo

En vez de empeñarse en usar una de sus dos cabezas,, vivir como nosotros, no como quienes fuimos o podríamos ser

Conforme se acerca la Nochevieja empiezan a revolotear a nuestro alrededor todo tipo de buenos deseos, grandes esperanzas y propósitos de enmienda: ir al gimnasio, dejar de fumar, ponerse silicona donde sea… En realidad, mantenemos la inveterada costumbre de llegar al final de un ciclo, valorarlo y aspirar a que el siguiente sea distinto. Nosotros, que no hemos cambiado gran cosa más allá de lo que la tecnología nos ofrece, hacemos lo mismo. Somos, la mayor parte de las veces sin saberlo, el dios Jano, el bifronte, el de las dos cabezas que miran, una a la izquierda y otra a la derecha. Jano, que le da su nombre al mes de enero (el "Januarius" latino), está en el límite mismo de dos ciclos y, desde su posición, mira al pasado y al futuro.

Me gusta reflexionar sobre este dios romano porque veo que me falta en su retrato un punto de vista. Si fuéramos Jano, veríamos adelante y atrás pero, como no lo somos, nos convertimos en espectadores del paso del tiempo y, desde fuera y desde lejos, valoramos tanto a la figura como a lo que mira. Siendo seres humanos, tenemos mayor campo de visiónque aquel dios porque lo miramos a él y, a la vez, podemos contemplar el tiempo en su discurrir desde el pasado hacia el futuro. Mirando desde fuera, entendemos con más facilidad que estoicos como el emperador Marco Aurelio (sí, el de "Gladiator", para que nos entendamos) propusieran una vida desentendida del tiempo: el pasado es irremediable y el futuro, incognoscible, pero eso no significa que debamos vivir el presente sino que, sencillamente, nos libremos del concepto del tiempo.

Tiene ventajas vivir al margen del tiempo o, al menos, simular que lo hacemos: nos libramos de la culpa y el remordimiento, al igual que de las esperanzas y los deseos. Lo primero no nos deja avanzar en la vida; lo segundo no nos deja vivirla sin presiones. En vez de ser Jano, atrapados en la cadena del tiempo, mirarlo como humanos, sin caer en la trampa de los discursos de la culpa, sin dejarnos llevar por las apelaciones a lo que aún no ha ocurrido. Vivir, existir, saber que formamos parte de una cadena de sucesos a la que llamamos vida y en la que podemos ser felices si no hacemos caso de inquisidores, redentores, agoreros y profetas. Podría ser buena manera de empezar el año mirando a Jano en vez de empeñarse en usar una de sus dos cabezas, vivir como nosotros, no como quienes fuimos o podríamos ser.

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