Comunicación (im)perinente

Francisco García Marcos

La república espacial catalana

Seguían sin comprender cómo el Govern manda cosas al espacio, antes que organizar la vacunación de los ancianos

El comandante Masagué le daba con fuerza a la manivela, aunque parecía irremediablemente atascada. Desde el principio receló de aquella ocurrencia. Reciclar un Austin-7 de 1926 en nave espacial no podía terminar bien. Fuera, en Cabo Cerdanyola, un hangar improvisado sobre los restos de la antigua fábrica de uralita, las autoridades contenían la respiración, sin atreverse ni tan siquiera a mirarse. Algo empezó a carraspear dentro de la aeronave, como si tuviese unos gigantescos pulmones metálicos de fumador empedernido al levantarse por la mañana. El comandante Masagué se animó y sacudió con más fuerza, hasta que el motor empezó a pistonear. De pronto reparó en que no estaba en posición. Se apresuró hacia su asiento, se abrochó el cinturón y reclinó la cabeza. Aquello empezaba a elevarse, renqueante e inseguro, pero continuaba subiendo. Ya sí, estaba arrancando la primera misión espacial catalana. Llamó la atención del teniente Oriol. Al otro lado de la ventanilla, Cabo Cerdanyola, Cataluña entera, se estaban convirtiendo en apenas un punto cada vez más lejano. Todo estaba en orden, excepto la comunicación con el centro de control. La teniente Laia estaba trasteando en la radio, pero no había forma de recuperar la señal. La estelada que lucía en el pecho del uniforme parecía una metáfora de aquella misión. Seguían la órbita prevista, tenían un destino y una responsabilidad sobre sus hombres, una cita con la historia para iluminarlos a todos desde lo más alto. Aquello no era cuestión de pararlo por el intercambio de unos cuantos mensajes. Seguirían solos.

Se sabía la hoja de ruta de memoria. En cuanto llegaran a la Estación Espacial Internacional, girarían en 90 grados a la derecha y ya no pararían, en dirección siempre al borde mismo de la Vía Láctea. Allí, finalmente, se encontrarán con el planeta Ç-4b-1E, donde plantarán la estelada con la mayor solemnidad posible. No es para menos, estarán fundando la República Espacial Catalana. Pero, de momento, todo era cada vez más fosco, pastosamente oscuro, con un negro que lo envolvía todo, mustio y en silencio, como sin vida. Mientras firmaba la defunción por COVID, a la doctora Méliz se le ocurrió pensar en cuáles habría sido los últimos pensamientos del abuelo Masagué. Después fue a notificárselo a Oriol y Laia, los hijos del finado. En realidad, lo llevaban presintiendo desde el inicio de la pandemia. Instantes después salieron del hospital. Seguían sin comprender cómo el Govern se dedicaba a mandar cosas al espacio, antes que organizar la vacunación de los ancianos.

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