De revolutionibus

Ninguna guerra vale más que sus mártires, olvidados y confundidos con otros que alcanzaron la gloria de estos sin haber sufrido

Amedida que la crisis sanitaria ha ido sacando lo mejor y lo peor de nosotros han aparecido determinadas conductas que a mí me generan un gran interés. Aceptando la premisa de que no hemos aprendido nada ni que tampoco hemos hecho una cura de humildad ante los errores de nuestros egos, si que han surgido ciertos comportamientos llamados a error interpretativo. En este año han surgido reacciones contra las medidas sanitarias y/o gubernamentales que han gestado individuos contrarios a lo establecido. No voy a hacer una valoración de la validez o no de tales medidas sino de la consistencia del comportamiento humano ante ellas. En estos tiempos hemos sido testigos de una oleada de rebeldes y de otra de mártires. Según la RAE un rebelde es la persona que se rebela contra el poder o que no obedece mandato. Durante la pandemia han surgido brotes de desobediencia y críticas palpables aunque de una forma desorganizada y sujeta al fenómeno digital. El rasgo fundamental es la falta de contenido y la confusión entre el derecho a la libertad individual y la libre acción individual. A bote pronto no hay rebeldía real sino populismo. Para que llegara a existir rebeldía debería haber un líder, una estrategia y sobre todo la demostración de la capacidad de resistencia ante el poder, hecho que no se ha dado. Después está el mártir, la persona que sufre por sus ideales o que padece injusticia según la RAE. Son notables los manifiestos individuales o críticas contra las medidas y sus defensas vehementes hasta el punto de la disociación social y la automarginación. El motor fundamental en este caso es la fe en las ideas y la implicación personal. Esto genera dolor, sufrimiento, uno del que si hay que decirlo todo jamás será compensado por los oyentes. La diferencia de estos con los falsos rebeldes es que viven su antagonismo como un sacrificio a la verdad, de corte religioso. Los rebeldes -en realidad populistas-no sufren porque encuentran una gran motivación en su oposición a lo establecido. Dicho así la diferencia fundamental entre unos y otros es la emoción: dolor o euforia. No obstante no encuentro justificada ninguna de las dos emociones. Estos tiempos requieren de responsabilidad y de unidad de la ciudadanía. Pero estas posturas nos conducen a la división, al desequilibrio. Y eso me apena. Necesitamos unirnos. Creo que esa es la verdadera revolución.

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