La tempestad

Todo preludia el desastre del día, se cierran los colegios, se supone la cancelación de todas las citas

Yo pensaba que el verano iba a durar para siempre. Es lo que se espera de todo lo apacible, esa sensación cálida de que no vas a necesitar nunca más ropa de abrigo en un mundo estático donde nada cambia. Los días ya no amanecen poco más allá de las siete de la mañana sino que mantienen su manto oscuro hasta casi las ocho. Ese manto oscuro en el que tienes que levantarte de forma antinatural encendiendo las luces del otoño. Yo pensaba que esta vez nunca iba a llegar el otoño y no iban a llegar los días tenebro-sos. Los adoradores del clima lluvioso y sombrío donde siempre es de noche añoran la llegada del otoño y la lluvia y gracias a sus súplicas estas llegan con creces. De repente una madrugada no paran de aletear las ventanas con el viento precursor y a las cinco de la mañana intensos relámpagos anticipan ruidos de truenos ensordecedores. Es el castigo por haber disfrutado del ve-rano de festejos y alcoholes, desinhibiciones y ociosidad mientras añoras hipócritamente los rumores invernales. Y se desata la infernal lluvia que inunda las calles justo ayer saturadas de vehículos a motor. A las cinco te despierta el ruido del mal de todos los males y hace ríos de las calles. Bajas al sótano a comprobar los daños, pero sólo sale agua de una canalización de desagüe a chorros y hace un charco en el suelo. Y en la pared, en el entron-que de otras de esas canalizaciones el agua se devuelve al interior, llenos los tubos rebosantes de dolor. Y hasta sales a la calle y te asomas desde el za-guán para ver que aún así el agua discurre natural en la noche. Piensas que a partir de ahora todo va a ir mal, que ya no podrás salir de casa porque este será el diluvio eterno suplicado por los suplicadores de lluvia y frío. Las noticias radiadas por las pantallas de los teléfonos dicen como teletipos que ya ha habido un muerto, los mapas de lluvia digitales escenifican el horror con colores rojos intensos en pequeñas zonas que se mueven nerviosas. Un cadáver se saca de un coche de un túnel absolutamente lleno de agua y el mar se cubre de una capa de color marrón. Todo preludia el desastre del día, se cierran los colegios, se supone la cancelación de todas las citas. Pero el cielo deja de tronar, el agua deja de caer y sale un sol tímido. En unas horas aquí no ha pasado nada y vuelve la rutina apacible de calor, con algunas nubes que recuerdan todo será cambiante, todo tendrá su fin.

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