La tormenta perfecta

El deterioro de la salud es devastador pero no lo es menos el físico y mental que produce la falta de recursos básicos

Esta crisis tiene suficientes elementos negativos como para dar lugar a la tormenta perfecta, esa tormenta que nace de un tremendo choque y obtiene capacidad bastante para destruir cuanto se cruce por su camino, un camino que, en este caso, ya se intuye de gran recorrido. Y es que estamos asistiendo al choque de dos gigantes, la salud y la economía, y este hecho, que no necesita más que la imponente envergadura de sus contrincantes para poner a temblar cualquier suelo, resulta aún más aterrador cuando, como aquí ocurre, quienes se enfrentan se necesitan mutuamente para existir, de manera que la caída de uno es la caída del otro. Así, a pequeña escala, solo hay que pensar en quienes viven hoy el confinamiento habiendo perdido su medio de vida y sin ahorro alguno y preguntarse qué acabará poniendo antes en peligro sus vidas: las consecuencias de esa falta de recursos o la infección contra la que luchamos. Y, de forma colectiva, basta poner la mirada larga y plantearse hasta cuándo se puede mantener la economía en mínimos sin que la crisis económica sustituya a la pandemia como gran amenaza para la salud de los españoles. El deterioro de la salud de manera repentina es devastador pero no lo es menos el paulatino deterioro físico y mental que produce la falta de recursos básicos y condiciones mínimas de vida. Una impía disyuntiva en la que, con enorme probabilidad, nos espera el siguiente gran dilema social pero ante el que, por suerte, sabemos de una humana, justa y poderosa arma de contención: una renta pública para quienes su supervivencia esté en riesgo por ambas circunstancias y, como mínimo, por el tiempo que se mantenga lo que, sin culpa alguna de por medio, ha desdibujado sus vidas. Estamos viendo como el COVID-19 genera, allí donde llega, una situación extraordinariamente compleja, tremendamente desconcertante, absolutamente desbordante y de devastador potencial y, por todo esto, una vez que ya estás dentro de su tempestad, la mejor defensa de lo que somos y de lo que tenemos pasa por no perder tiempo en señalar culpables, en intentar demostrar donde está el grueso de la culpa de lo que está pasando, y queda por pasar, porque hacerlo solo añade más viento y agua a la inclemencia. Eso dejémoslo como tarea a realizar cuando estemos a salvo. Ahora todo tiempo y esfuerzo puede dar más frutos si nos movemos y sentimos como si fuésemos uno a la vez que reconocemos el lugar que este reto nos tenía reservado a cada cual; un lugar que, para quienes tenemos la fortuna de no tener en nuestras decisiones la respuesta de este pais a esta crisis sin parangón, ahora mismo está en protegernos, de forma individual y como grupo, de este virus y en exigir que la burocracia y las leyes pensadas para el devenir ordinario no impidan, de ningún modo, tomar las medidas extraordinarias que esta extraordinaria situación reclame.

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